"ECOS Y SOMBRAS"
| Género: | Novela |
| Estructura de la obra: |
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| Autor: | María Ernestina Rojas Tamayo, pero por suerte todos me llaman Marié. e.mail: ortiz@ff.oc.uh.cu |
| Biografía / Bibliografía: | Soy cubana, vivo en Ciudad Habana, en el barrio de Miramar, y desde mi balcón se ve una puesta de sol que envidiaría el Pequeño Príncipe. Nací el 23 de mayo de 1963, a unos dos kilómetros de la casa donde ahora vivo con mi esposo y mis dos hijos Sarah y Ray, así que como ven, he viajado poco. Me gradué de Economía de Comercio Exterior en el año 1985, pero apenas tuve tiempo de ejercer mi carrera, pues me tocó un hijo genial que me tiene corriendo de un evento a otro. Parece que algo heredé de él, porque cuando nació mi segunda hija, hace poco menos de tres años y me vi de nuevo confinada al hogar, me dio por escribir. Como resultado de esto tengo terminada una novela autobiográfica, Ecos y Sombras, y un montón de cuentos sueltos. He realizado con mi esposo Raimundo Respall algunas investigaciones en el campo de las llamadas religiones afrocubanas. Como resultado tenemos terminados dos libros: una compilación de leyendas sobre Eleguá - dios del destino - y
Edidí, recetas para amar y desamar - los llamados "amarres" y otros trabajos mágicos relacionados con el amor -, ambos inéditos. |
| Sinopsis: | La llegada de un circo ambulante rompe la monotonía de un hogar fuera de lo común... Novela autobiográfica que se debate entre la realidad y la fantasía. Cada capítulo constituye un cuento cerrado, aunque todos se entrelazan entre sí por el hilo conductor, su protagonista: una niña de 11 años. El mundo visto desde la altura de la infancia, que al mismo tiempo se torna, en una primera fase, un retrato de La Habana de los años 60, con personajes como el loco del barrio, el campesino trasladado a la capital, el chino bodeguero, el homosexual reprimido, la prostituta infantil, la aristócrata venida a menos, una humilde maestra, un campeón de golf envejecido... Todos confluyen para dar vida a un mundo mágico que tiene complemento en la segunda parte, cuando un viaje al interior del país le revela el origen de su familia, allí conoce a un buscador de tesoros, a una resucitada, a un liliputiense a quien persigue "la pava", a una abuela india, raíz y tronco de su linaje y descubre una casa encantada, que aún existe en algún lugar perdido en la geografía de la isla. |
| Fragmento(s): |
(...) Hay ventanas grandiosas, las situadas frente a un lago, un bosque o el mar, las de los altos rascacielos, con sus vistas de la ciudad nocturna. Desde las ventanas de la casa de mis abuelos se veía un solar yermo, no había rosaledas ni mariposas, ni siquiera césped... Era sólo tierra infértil lo que veía en las mañanas. Creo que tenía unos tres o cuatro años cuando ocurrió - mido mi edad por la altura desde la cual veía los muebles - pues era del tamaño de la mesa del comedor, una mesa de caoba amplia, segura y confortable, como lo era todo en esa casa que preside mis sueños. Sueños en que me pierdo y me reencuentro en cada rincón, en el olor de los armarios, en mi piano en la sala, en el jardín donde asistí al alumbramiento de mi gata amarilla una tarde de lluvia, en el laberinto del largo pasillo, que se asemeja a mi propio subconsciente, configurado a la medida de la añoranza por lo que nunca volveré a vivir. Una mañana llegó un circo ambulante a instalarse en el Solar. Hubo enorme revuelo entre los niños del barrio, que nos agrupábamos alrededor del camión para ver bajar cajones - ¿en cuál iría el sombrero del mago? -, sillas plegables, maderos y tablones alargados, cajas desde donde asomaban vestidos con lentejuelas, rostros nuevos que venían a romper con nuestra monotonía escuela-casa-casa-escuela. Llegó el momento mágico de extender la inmensa lona de la carpa, el silencio que precede a los grandes acontecimientos se adueñaba de la calle... Resultó que el espacio disponible en el Solar era muy pequeño para lo que se pretendía, no había cupo ni para el escenario. El administrador del circo habló con mis abuelos, que a su vez consultaron conmigo, sobre la posibilidad de utilizar la pared lateral de mi casa - medía unos cincuenta metros - como parte de la carpa, de este modo se ganaría el espacio faltante. Asentimos, corrí al interior, encaramándome en el mueble del teléfono para poder atisbar desde la ventana y la enorme tela amarilla, como un ave totalitaria, voló sobre nuestro techo, llevándose la visión del cielo. Oscuridad adentro y aplausos afuera. Así de simples son los milagros.(...) A partir de entonces y por todo un verano tuve función gratuita desde mis propias ventanas: la de la sala era para ver llegar a la gente del barrio, perfumada y engalanada como para una ópera; la del primer cuarto para pedirle a mi amigo Pedro el Heladero que me regalara una paletica de chocolate; la de mi cuarto para ver las escenas desde una posición convencional... pero el verdadero encanto estuvo siempre en el comedor. Desde su ancha ventana enrejada, con mi sillita sobre la mesa, me colocaba a la altura misma del escenario. (...) Tal y como vino, el circo se fue sin avisar. A veces le pedía a mis abuelos que me encaramaran en la mesa y, sentada mirando las estrellas, repetía las funciones aprendidas de tanto amarlas, a modo de hacerlas quedarse un poco más (...) (...) El Solar fue convertido después en Parque. Llovieron un día las posturas de árboles en bolsitas negras y fueron sembrados junto a ellas unos bancos de hierro. Años después se orientó hacer allí un Refugio Antiaéreo que no admitía verdores ni asientos; se llenó el espacio de agujeros colectivos e individuales para cuando fuéramos atacados por el enemigo que nunca vino. Ya en mi adolescencia volvió el Parque, regresaron los árboles y el césped, hubo hasta una hilera de marpacíficos que daban al costado de mi casa.(...) Pasaron muchos años, ya mi hijo había nacido y dado sus primeros pasos en las aceritas rodeadas de faroles, cuando una nueva directiva hizo desaparecer el Parque renacido. Desde entonces es una mole en proceso autodestructivo que nunca termina de crecer, como si una maldición le impidiera llegar a ser un edificio terminado. Para mí es como un fantasma que quiere devorar los recuerdos de mi infancia, por eso volteo el rostro cuando paso por la calle donde nací. No sabe el gigante de acero que con sólo cerrar los ojos puedo ver abrirse las puertas del circo en mi ventana. |