TRAVESÍA EN EL MAR DE LOS SUEÑOS

 

TRABAJOS PARTICIPANTES EN EL CONCURSO

LA EDAD DE ORO EN NOSOTROS

 

VOLUMEN I: NARRATIVA

 

 

COMPILACIÓN Y CORRECCIONES: MARIÉ ROJAS

ILUSTRACIÓN Y TÍTULO: RAY RESPALL

 

 

Agradecimientos:

A Denis Roland, administrador del Círculo Literario de las Letras Hispanas,

A Adriana Bofill, directora de la revista La Edad de Oro en Nosotros,

Por el apoyo brindado en todo momento.

A los amigos de La Blinda Rosada,

Por la buena acogida que dieron a estos jóvenes creadores,

A todos los participantes, que hicieron posible que esta travesía llegara a puerto seguro.

 

INDICE:

Un día cualquiera, Camila López

Variaciones de un ermitaño, Jorge Inostroza

El Genio, Florencia Lauria

Vidas entrelazadas, Malena Valdés

¿Por qué las jirafas tienen el cuello tan largo?, Hanna Avila

Me despierto temprano, Roberto Urbán

Cartas a la luna, Daniel Castillo

Dos ángeles hacia la eternidad, Giovanna Guzmán

El secreto y la pared, Matías Matarazzo

El encuentro, Matías Matarazzo

Extraña dama, Corina Buzelin

La fórmula para ser feliz, Melanie Visotsky

El caso del niño perdido, Valeria Insaurralde

Ojo por ojo deja al mundo ciego, Manuel Montes de Oca

Vejez, Edgar Rubio

Los niños de la calle, Andrei Calderón

Abajo quemando el sol, Hortensia Martínez

Como un pájaro libre, Natalia Perin

Muertos a la vida, Julián Valdés

El trabajo práctico, Axel Díaz

Mirando a través de una vida, Luis F. Vaca

Lápices que no necesitan manos para escribir, Claudia Noriega

La más atrevida, Carlos Ezquerra

Ain - La caída, Mateo Rau

Mi último día, Mateo Rau

El despertador, Rolando Ávalos

Ella, Mariana Marote

Azul, de las uñas largas, Catalina Antognini

Amor después de la muerte, Milena Álvarez

Adiós, Consuelo Sanmartín

Sólo cuando un ave, Ary Joanán

Las estrellas son verdes, Karla Uriarte

El otro edén, Daniel Fuertes

El laberinto, Lluvia Méndez

Conjunto de minicuentos, Taller "El rincón de los duendes"

Un regalo a modo de despedida, Marié Rojas y Ray Respall

 

UN DÍA CUALQUIERA

Era invierno.

Miriam Caldera ni se imaginaba lo que le iba a pasar ese día. Ansiosa de volver a su casa, sale rápido del trabajo para llegar cuanto antes a sentarse al lado de la estufa. Llega y no encuentra nadie, cosa que no la sorprende ya que vive sola. Se prepara un café, busca algo para comer y descubre unas facturas con dulce de leche medio viejas. "Igual parecen ricas"- piensa y las coloca sobre la bandeja junto a la bebida caliente. Eran las seis de la tarde, y Miriam se disponía a mirar su telenovela preferida cuando escucha que alguien le está hablando.

- ¿Qqquiénn está ahhí?- pregunta a la nada. Miriam siempre fue asustadiza, y más ahora que un intruso está adentro de su casa.

- ¡Shhh! No te asustes. No quiero hacerte daño- responde una voz aguda, muy aguda, proveniente de un ser parecido a un duende, chiquito y azul.

Pero Miriam, muerta de miedo, no le hace caso a sus palabras y empieza a gritar desesperadamente.

- ¡Shhhhhhhh!- repite el "duende"

Se hace silencio.

El extraño ser habla. Es un gnomo. Se llama Pringel.

Pringel toma un sorbo del café de Miriam sin pedirle permiso y muerde un pedazo de la factura. Miriam, todavía en estado de shock, al ver que el gnomo tiene hambre, se dirige hacia la heladera y saca todo lo que podía llegar a interesarle. Agarra medio pollo que había sobrado de ayer, un tarro de mermelada de frutilla lleno hasta la mitad y un poco de pan.

Miriam no había tenido tiempo de ir al supermercado, y pensaba pedir una pizza para cenar.

Toma la comida y la tira cerca del gnomo, pensando que podía llegar a lastimarla. Pringel, agradecido, come todo lo ofrecido. Después le comunica a Miriam que está cansado y le pide un lugar para dormir. Ella, sin decir palabra, le da un almohadón y una sábana vieja indicando con un gesto la alfombra. Pringel entiende y avanza hacia allí. Se duerme enseguida.

Miriam todavía no entiende bien lo que está pasando, o, mejor dicho, no quiere entender lo que está pasando. Camina hacia la cocina, toma el teléfono y llama a la pizzería. En quince minutos llega un chico con la pizza y la gaseosa que Miriam había pedido. Come poco. Camina hacia su cuarto y, por las dudas, cierra con llave. Le cuesta mucho conciliar el sueño, pero al fin consigue dormir unas horas.

Al día siguiente se levanta temprano. Se disponía a ir a comprar algo para desayunar, cuando se acuerda de que un gnomo está durmiendo en la alfombra del living. No puede dejarlo solo. Se conforma con las facturas viejas que quedan y el último saquito de té.

Miriam va a faltar al trabajo. Llama. Dice que está enferma. Le creen.

Enseguida, el pequeño gnomo despierta. Tiene hambre. Miriam le da lo que queda de la pizza. Despacio, Pringel mastica y traga toda la comida.

La cocina de Miriam está vacía. "Tengo que hacer algo"- murmura.

Segundos después, toma al duende por debajo de las axilas, busca el bolso que habitualmente usa para viajar y lo esconde allí dentro.

Ya en el supermercado, la gente mira raro el bolso que sostiene la mano de Miriam. Sin hacerles caso, Miriam compra medio negocio y se va.

Al llegar a su casa, Miriam se encuentra con dos seres iguales a Pringel mirando televisión. No se sorprende.

Y así pasa el día, entre gnomos y gnomitos.

Al día siguiente, hay tres duendes más revisando la heladera.

Al otro día cuatro.

Cinco.

Seis.

Era invierno.

Ahora es verano.

La casa está repleta de gnomos. El único color que se llega a distinguir es el azul. Pero Miriam ya está acostumbrada. Se encariñó mucho con nosotros. Yo también me encariñé con ella.

En fin. Creo que ya llegó la hora de despedirnos; el tío Pringel me está llamando.

 

Camila López Echagüe

14 años

Argentina

Correo electrónico: lecamila@hotmail.com

PREMIO CUENTO.

 

Variaciones de un Ermitaño

Aquél día en que te fuiste, en el cielo una estrella lloró. Esa estrella, era la mía.

Melancolía. De la más pura y bella. Melancolía, que asumes forma de silencio, de cielo, de nube, de estrella, del Todo. Sólo eso, melancolía, parte eterna de mi vida.

Trato de salir de mi encierro. Ya es la hora. Debo hacerlo. Con un grito libero mi conciencia, y ésta sale huyendo despavorida. Mis sentimientos aquí quedan, muy dentro mío. Lo único. Abro la puerta de mi alma, y salgo a ver el mundo. Hace tiempo que no lo veo, y creo que ahora que no tengo conciencia, puedo darme cuenta, con un dejo de sorpresa, que me hace falta vivir la vida de los Seres Humanos, por un tiempo.

Salgo, y todo sigue igual. Tú sigues viviendo igual que siempre, esa vida corrupta, putrefacta, y maldita. Te observo en silencio, mientras pienso en el cómo pude amarte tanto alguna vez, hace tiempo, en un rincón ya olvidado.

Sonrío, y me despido de ti. Me voy. No es necesario seguir viendo el mundo. Para qué traer más desastres con mi presencia. Me dirijo a mi montaña. Subo, y ahí me quedo. Solo, otra vez. De la soledad aprendo más.

Grito otra vez, y mi conciencia retorna.

II

El mundo es una gran metáfora. Eso pude adivinarlo el día en que cuando salí de mi hogar, ubicado en la cima de la montaña, un águila se posó en mi hombro, y me dijo:

- Yo he podido ver cosas que nadie ha podido ver. Y esas cosas las han hecho ustedes, Seres Humanos. He visto corrupción, perfidia, asesinatos, robos, torturas, mentiras, envidia, soberbia y destrucción sin sentido aparente. ¿Acaso tienen ustedes algo bueno?

- Realmente no sabría responderte, querida amiga. Si bien existe todo lo que tú has dicho, también existe la vida, el amor, la justicia, la verdad, la honestidad, la creación, el bien, la humildad. Pero sin embargo, lo que me hace dudar de tu pregunta, es que a pesar de todo lo "bueno" que tenemos, nunca usamos nuestro lado luminoso para subsanar aquellas "maldades". Tal vez eso sea porque el mundo es una gran metáfora, y las metáforas suelen ser transmutaciones de la realidad. Tal vez no tengamos nada bueno en el mundo. Quizás tienes razón.- dije, con poco convencimiento.

El águila sonrió, y me dijo:

- Mira, amigo, y hermano ermitaño. Es extraño que a pesar de tu sabiduría, dudes. Pero déjame aclararte algo. Si bien el mundo es una metáfora, eso no implica que no haya nada bueno, o que todo sea malo. Eso no va al caso. Recuerda que la bondad y la maldad son conceptos netamente subjetivos, que dependen solamente de la persona. Eso pasa también con el mundo. Esta metáfora puede ser leída por cualquier persona, siempre y cuando se dé el trabajo de hacerlo. Si descubres el mensaje de esta metáfora, podrás entonces llegar a la Verdad Absoluta. Esa que tú tanto buscas. Yo, aún no he visto todo, pero estoy en eso. Créeme. Sé que llegará el día en que descubra esa Verdad. Y cuando lo haga, volveré a avisarte. Suerte amigo, suerte.

Y levantando el vuelo, se alejó de mí. Nunca más la volví a ver, pero diez años después supe por boca de otra águila, que tras sufrimientos eternos, pudo descubrirla, pero en el momento en que la encontró, murió. "Tal vez, pensé, sólo se encuentra la verdad al morir". Y decidí eso, morir.

Me fui al mar, a una pequeña casa abandonada. Con las maderas que habían en el suelo, y con unos pocos clavos, me hice una pequeña silla mecedora.

Realmente no sé que hago aquí. Desde el día en que mi conciencia volvió a abandonarme, ya nunca más retornó, y otra vez, me quedé con mis sentidos. Para variar un poco.

El mundo (y esto ya lo he dicho a lo menos unas mil veces) es una metáfora. Pero agrego un adjetivo. Irónico. Es una metáfora irónica. Nada es cierto, pero es gracioso, es cruel.

El Viento se convierte en olvido, y me lleva a lugares extraños. No necesito vivir. Ya no. Cierro mis ojos. He ahí la Verdad. Esa es. Olvido. Todo es olvido. Por eso morimos. Esa es nuestra Verdad. Amiga mía, águila querida, ahora lo comprendo. Ahora. Pero eso ya no importa.

Aquél día en que te fuiste, en el cielo una estrella lloró. Esa estrella, era la mía. Pero creo haberlo dicho antes. Será que estoy viejo, o la repetición me habita. De todas maneras, mi corazón comienza a palpitar lentamente. Ya es la hora. Ya es la hora, es la hora de marcharme. Sólo hay algo de lo que me arrepiento. Nunca pude decirte que, a pesar de que tú fueras lo que fueras, amada mía, diosa eterna y corrupta, siempre te amé. Siempre. Y nunca, nunca, dejaré de amarte. Y ahora, adiós, por siempre. Vida, sueños, amarguras y recuerdos pasan por una milésima de segundo en mi mente, y luego se esfuman en el Olvido. Muerte, por fin.

Jorge Iván Inostroza Corvalán

18 años

Chileno

Correo Electrónico: happosai79@hotmail.com

PREMIO CUENTO.

 

El Genio

En una tierra muy lejana, solía vivir un genio; y no era cualquier genio de esos que encontrás en la calle o en una gran avenida, sino "El Genio". Gente de todas partes del mundo iba a pedir su consejo o simplemente a verlo leer y estudiar. El Genio era un hombre muy sabio, sabía matemáticas, biología, historia, geografía, antropología, lengua, todos los idiomas que se hablan (y hasta los que no se han hablado nunca), filosofía, economía, arte, música, y un millón de otras cosas. Nadie nunca se había atrevido a dudar de su inteligencia, sin embargo una mañana esto cambió...

Era un día soleado, y de mucho calor, cuando dos golpecitos, en la puerta del gran palacio del genio se escucharon. Las guardias abrieron las pesadas puertas y miraron hacia fuera, no vieron a nadie; justo cuando iban a cerrar las puertas y culpar a algún chistoso, descubrieron a dos niñitos de no más de 10 años parados en la puerta.

El genio no era un hombre muy sociable. Desde que había nacido había vivido en ese palacio, y como era genio no se molestaba en salir, porque él decía que los genios están muy ocupados con sus genialidades para ocuparse de otras cosas. Por lo tanto, nunca habían entrado niños a este palacio, excepto por supuesto príncipes y princesas que no eran exactamente niños, ya que no rompieron nada y hablaban solo de temas vinculados con política.

Eran un niño y una niña, la nena parecía la más pequeña, tenía dos trencitas muy prolijas, pelo de zanahoria y seis pequitas, tres de cada lado. El niño, en cambio era más alto, de pelo castaño claro y llevaba un sombrero de paja puesto.

Los guardias los miraron

- ¿Acaso están extraviados?- dijo uno.

- ¿Este no es el palacio del genio?- preguntó el niño.

- Sí, pero ¿para que están acá?- preguntó otro guardia.

- Nosotros venimos, a hacerle una pregunta al Genio que sabemos que no va a poder contestar- dijo la niña.

- ¿El Genio? ¿No poder contestar algo que ustedes dos piojos pregunten? - dijeron los guardias y después sus risas invadieron el palacio. Los dos niños se miraron, y empezaron a reírse ellos también. Tanta risa molestó al Genio que estudiaba arriba, y de muy mal humor (porque no le gustaban las risas) bajó y con un grito preguntó:

- ¿Qué diablos pasa acá?

Todos se callaron.

- Perdone señor, es que estos dos piojos acá dicen que saben algo que usted no sabe- dijo un guardia.

El Genio se acercó a los niños y les dijo:

- ¡PRUÉBENLO!

Los condujo hacia un cuarto en donde se sentaron, los niños no paraban de reír, entonces él les dijo:

- Y a ver... ¿qué es lo que yo no puedo responder?

- Son unas cuantas cosas- dijo la niña con una sonrisa.

- Por ejemplo, dígame Don Genio, ¿Qué es lo que se siente cuando uno pisa el pasto descalzo en una noche de verano?- preguntó dulcemente el niño.

A esto El Genio no respondió, pues él nunca se había molestado en hacer esto mismo.

- Eso es muy simple y no gastaré mi tiempo en responderles- dijo, tratando de que no se dieran cuenta de que no tenía idea.

- Bueno, entonces dígame algo más fácil: ¿Qué siente uno cuando se ríe?- dijo la niña.

El Genio tampoco tenía respuesta adecuada para esto, ya que siempre había pensado que el reírse era una pérdida de tiempo.

- Si me van a preguntar algo tan tonto los voy a tener que echar, pregunten algo más complejo...- dijo El Genio, esperando que los chicos preguntaran alguna ecuación o le dijeran que resolviera una proporción.

- Muy bien, pero la última - dijo el niño -¿Cuál es el sabor del agua de un arroyo?

El Genio se quedó mudo. ¿Por qué era esto tan difícil?

Los niños se empezaron a reír y a cantar: "Usted no sabe nada, usted no sabe nada!"

El genio se enojó muchísimo, y los niños se escaparon antes de que pudieran meterlos en un calabozo...

Pero todo no fue tan simple, El Genio se había quedado preocupado, ya no se sentía un Genio. No comía, no dormía, estaba muy enfermo. Solo se quedaba en su cama, sin pronunciar palabra.

Una noche de verano, cuando la muerte lo estaba alcanzando, salió de la cama, medio dormido y descalzo, bajó las escaleras que hacía tanto que no bajaba. Sin que los guardias lo vieron, abrió las pesadas puertas.

Y caminó con pies descalzos por el pasto que estaba mojado debido al rocío; el muy travieso le hizo cosquillas al Genio en las plantas de los pies; y El Genio no pudo evitar reír, y sintió ese remolino de emociones que subía y rozaba sus costillas hasta que acariciaba su garganta y un sonido hermoso salía de ella. Sediento se acercó a un arroyo y en sus dos manos puso un poco de agua y la bebió; era el agua más rica que había probado, fría, con gusto a montaña y un poquito de nubes. Y ya muy cansado volvió a su palacio para continuar con sus genialidades...

Pero esto nos dice que para vivir en la vida diaria se necesita ser mucho más que un Genio, (y recuerden esta palabra es muy relevante...)

Florencia Lauria

13 años

Argentina

Email: Flor_lauria@yahoo.com

PREMIO CUENTO

 

VIDAS ENTRELAZADAS

Así era ella: le gustaba trepar a los árboles, hacer equilibrio por unas maderitas puestas sobre los charcos y enchastrarse toda, pero toda, con las tortas de merengue que hacía su abuela.

Así era él: le gustaba leer, pero no leer historietas de Superman, de Batman o de guerra; le gustaba leer libros tranquilos, largos como novelas y de amor.

Los dos fueron creciendo. Ella ya tenía treinta años y le gustaba leer libros tranquilos, largos como novelas y de amor. El también creció y llegó a los treinta y nueve, y le gustaba trepar a los árboles, hacer equilibrio por unas maderitas puestas sobre charcos y enchastrarse con las tortas de merengue.

Un día ella iba caminando, con la nariz pegada a una página de su libro, y se chocó con él, que venía con la nariz llena de barro porque había hecho equilibrio y se había caído. El se enamoró enseguida y ella, después de unos días, también. Se casaron y él le hizo recordar todas las cosas que ella había hecho de chiquita; y ella también le hizo acordar de un montón de libros que él había leído de chico y ya había olvidado. Poco después tuvieron hijos, que trepaban a los árboles, hacían equilibrio sobre los charcos, se enchastraban toda la cara con las tortas que hacía su abuela, y a la noche, cuando volvían cansadísimos, les decían: "Mamá, papá, ¿nos cuentan un cuento?" y los papás les contaban un cuento que decía: "Así era ella, le gustaba trepar a los árboles, hacer equilibrio por unas maderitas puestas sobre los charcos y enchastrarse toda, pero toda, con las tortas de merengue que hacía su abuela. Ah! Y también, le gustaba leer".

MALENA VALDEZ GANAPOL

10 AÑOS (ESCRIBIÓ ESTE CUENTO A LOS 8)

ARGENTINA

E-MAIL: marcelaganapol@sinectis.com.ar

MENCIÓN

 

¿Por qué las jirafas tienen el cuello tan largo?

Érase una vez que se era, una jirafa muy bajita, llamada Pepi. Ella era la más baja de su clase, aunque ahora, está en casa porque es Navidad; y, como todos sabéis, en Navidad vienen los Reyes Magos y el Olentzero.

Bien, comencemos:

Un día fue a la plaza Catapiña, y cuál fue su mayor sorpresa, que justo ese día vinieron los Reyes Magos y venían cargados de regalos. Ella se acercó corriendo, pero la gente, enseguida la tapó. Pepi, como era tan bajita, no les veía, y se puso triste. De repente, apareció un Hada Madrina. Pepi se pellizcaba y se frotaba los ojos, para ver si estaba soñando, pero no, aquello era cierto.

- ¡Pepi! - dijo el Hada Madrina - ¿por qué estás triste?

Pepi contestó entre suspiro y suspiro: - Es que no puedo ver a los Reyes Magos…

- No te preocupes - dijo Trina, que así es como se llamaba el Hada -. Como has sacado muy buenas notas, te concederé tres deseos.

- ¡!!!Yupiii! – dijo Pepi -, a ver… deseo… deseo… ¡ya sé!, deseo ser alta.

Y, de repente, toda la gente encogió.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó Pepi -. Creo que me he expresado mal, volveré a empezar de nuevo. Hada, deseo que todo vuelva a la normalidad.

Y así fue, Pepi seguía siendo baja y la gente más alta que ella.

Trina apreció de nuevo:

- Si quieres un consejo – dijo Trina -, será mejor que pienses antes de elegir tu próximo y último deseo.

Pepi, se quedó pensativa, y cuando lo tuvo, dijo: - Deseo que me crezcan el cuello y las piernas.

De repente, ella creció y, ¡jo! Ay que ver que vistas. Desde allí se veía todo. Pero no sólo creció ella, si no que crecieron todas las jirafas del mundo.

Así es como, Pepi y las demás jirafas, tienen el cuello tan largo.

 

HANNAH ÁVILA BLANCO

13 años

ESPAÑOLA.

CORREO ELECTRÓNICO: anablanco@euskalnet.net

MENCIÓN

 

Me despierto temprano.

Me despierto temprano cuando la noche apenas si se estira en la cama… salgo de mi apartamento a dar un paseo, camino lento y taciturno, veo tirado junto a la sucia puerta de un cabaret al hombre que horas antes había bebido conmigo, le miro indiferente. Paso frente a la casa de Sarah ahora en la penumbra del olvido pero que antaño se iluminaba con su efigie etérea, insondable; mi mirada se alumbra con su recuerdo. Continúo mi paseo, ahora he llegado a mi antiguo hogar, donde pase mis primeros años, hago conmemoraciones de antiguos dolores y alegrías. Sin darme cuenta el tiempo ha pasado así que emprendo el regreso; fuera del edificio hay patrullas y una peste de morbosos espectadores, subo lentamente las escaleras, mi cuarto se encuentra abierto, en él, policías platicando. Camino hacia ellos y pido respuestas sin conseguirlas. El suelo está lleno de botellas, ropa y algunos sobres; cerca de la cama hay una aguja e inmediatamente después, una mano lívida, sin fuerza y sobre la cama un cuerpo muerto que, para mi sorpresa y alegría, es el mío.

ROBERTO URBAN

17 AÑOS

MEXICANO

E-MAIL: ROBERTO_BEAT@HOTMAIL.COM

MENCIÓN

 

Cartas a la luna

La velocidad del amor rompe la barrera de lo real

Y el mundo estalla en astillas de fuego

Sin la menor consideración para los despiertos.

Oscar Hahn

Miguel, era un joven de apenas 15 años; creció bajo el calor de un hogar y el cariño de sus padres. Poco a poco esos inmensos hilos de amor que con mucho esfuerzo habían construido sus padres, se fueron desgastando, ninguno de los dos tenía las ganas ni la iniciativa de repararlos, y solo miraban con desconsuelo y resignación como el odio desgajaba hilo a hilo tantos años de amor y felicidad.

Solo quedó un hilo de ese amor que a momentos recordaban con tanta nostalgia.

A Miguel, su escasa edad le era suficiente para darse cuenta de la horrible crisis por la cual pasaba su familia, se sentía atado de manos, que puedo hacer yo, se preguntaba mientras miraba las estrellas y pensaba en cuantos problemas habrá consolado este cielo, que cuando apaga la luz para irse a acostar llora lágrimas de cristal que el odio de los hombres congela y guarda en las noches como medallas que ven con mucho orgullo.

Miguel solo lloraba y luchaba para que el odio de los hombres no congelaran también sus lágrimas y así siempre poder llorar y sentir y amar.

Miguel por las noches le escribía enormes cartas a la luna, a quien consideraba su única amiga, el único farol que alumbra sus noches y disipa sus miedos, las mandaba por correo, del cual no perdía las esperanzas de que algún día se las lleven, y le traigan las

respuestas de su tan preciada amiga.

Una noche en que la luna se había escondido quizá de vergonzosa, quizá de caprichosa, Miguel recibe una carta que asegura venir desde la luna, que con mucha emoción abre y lee; en esta carta la luna lo citaba para el sueño de esa noche, Miguel estuvo puntual en

el lugar acordado, del otro lado con su negra capa venía la luna, que lo abraza, muerde su cuello y bebe de su sangre y le da vida eterna como una lágrima más que llora el cielo avergonzado por esa luna traicionera.

Daniel Ernesto Castillo Candia.

18 Años.

Chileno.

Correo electrónico: castillocandia@yahoo.com

MENCIÓN

 

Dos Ángeles hacia la eternidad

Nunca creí que dolería tanto dejar este lugar, muchas veces busqué la forma de escapar de aquí; por mí, por mi pequeña Clara; por la esperanza de verla crecer en un mundo donde... donde ya nadie desea vivir porque no se puede… porque nos está destruyendo.

En el año 2005 de nuestra era, cayó el primer fragmento que se desprendió de Marte; destruyendo el 75% de toda vida terrestre; nos costó mucho tiempo recuperarnos de aquel cataclismo de proporciones inimaginables, tan solo para descubrir después el origen de todo: Marte había iniciado su auto destrucción y con ello nos condenaba a morir con él, condenaba inevitablemente la extinción de la raza humana. 135 años después ninguno de los organismos creados para la seguridad de nuestro planeta fue capaz de detener nuestro triste final, solo quedaba resignarnos.

Viajé al norte con mi hija, luego de la muerte de mi esposo, íbamos a visitar a mi madre; cuando de pronto un meteorito partió el cielo y cayó cerca de nosotras. No sé si fue un error, pero llegamos al lugar cuando aun el humo producto del choque cubría la zona.

- ¡Es ella!- dijo mi hija cuando la encontramos - ¡Es mi ángel Mamá, el ángel de mis sueños!- volvió a repetir mientras se acercó a ella.

Era una niña de unos 15 años que me miró fijamente mientras aun no entendía lo que pasaba y con esa mirada me pidió que la sacara de ahí.

Llegamos a casa de mi madre, tuvimos que justificar su presencia; cuando por fin pudimos hablar a solas nos reveló quien era:

- "Vengo a salvarlos del sufrimiento" – dijo – "Soy el enviado, la persona que los sacara de aquí". "Deben llevarme con su representante para dar inicio a nuestro viaje"- agregó.

No entendí lo que quiso decir, sin embargo, sus palabras parecieron tan sinceras... Pero antes que pudiera decir más un grupo de soldados invadió mi casa; se la llevaron, me arrestaron y mi hija se quedó con mi madre, ahogando en sus ojos el miedo y escuchando su llanto mientras me separaban de ella.

No sé que pasó con la muchacha cuando estuve en prisión; me culparon de tantas cosas que no conocía; mi madre hizo todo lo humanamente posible para sacarme de ahí pero en su intento un Paro Cardiaco terminó con su vida y no supe que suerte corrió mi Clara.

Un año después me absolvieron de toda culpa y comencé la búsqueda de mi hija, luego de varios meses la encontré en un orfanato; mi pobre niña había perdido el habla producto del shock. Traté de recuperar el tiempo perdido pero fue inútil, el alma de mi hija se había extraviado en alguna parte del mundo; tal vez me habría olvidado; tal vez ya no era ella. Y cuando me resignaba al silencio de Clara, ella llorando me dijo:

- ¡Sálvala!

Volviéndola a ver por televisión; ambas vimos en su rostro los estragos de los experimentos a la que fue expuesta, vi el odio, el miedo y todo lo que no deseaba ver… lo vi en ella, mientras era exhibida ante los ojos de toda la raza humana, raza que ella vino a salvar... raza que la estaba matando.

Clara y yo llegamos hasta donde estaba ella, no sé ni como lo hicimos, pero nos encontrábamos sacándola de aquel lugar; ambas sabíamos que valdría la pena arriesgar todo por salvarla y así lo hicimos, mas en medio de la persecución por el delito cometido nuestro auto cayó al precipicio.

Ella apretó fuertemente nuestras manos mientras el auto caía, borrando de nosotras el miedo, sabíamos que esto no terminara aquí… y extendiendo sus alas con toda la libertad que alguna vez nosotros le quitamos, nos abrazó y subimos con ella al cielo.

Conforme me alejaba observé lo que aun quedaba de la tierra y lo que ya no vería más; recordé todo lo vivido en ella, lo bueno y lo malo mientras mi Clara contenta decía que llegaríamos al cielo.

... Y seguíamos ascendiendo mientras veía el auto caer, y con él nuestros cuerpos.

Giovanna Elizabeth Guzmán Palomino

18 años

Peruana

E-mail: eliz0@mixmail.com

hydeli@terra.com.pe

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

El secreto y la pared

Estaba desconcertado. Terminó por convencerse de que en la pared estaba la falta.

Del lado izquierdo colgaba un cuadro, sin marco.

Así se lo había pedido ella.

Del otro lado el marco sin tela. L os caprichos que tenía.

Y en el medio, ahí estaba la falta. El vacío. Se sentía la ausencia.

Nunca había querido decirle el secreto. Lo primero que se le ocurrió fue colgar una llave,

Pero para eso necesitaba una puerta y ella se rehusó a ser modificada.

Por más que intentó nada combinaba.

Quizás era cuestión de encontrar un lugar entre el vacío y el secreto.

Solo así se dio cuenta. Allí encontró a la nada sola, en silencio.

Y supo apreciar la ausencia, como la presencia de lo que no está.

O mejor aún, de lo que está por venir.

 

Matías Matarazzo

17 años

Argentino

Correo electrónico: msmatarazzo@hotmail.com

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

El Encuentro

No sabía bien qué hora era. Seguramente me desperté por el ruido. Era extraño, no hacía frío. Me senté en la cama; tenía un ojo entre abierto y el otro cerrado por las lagañas. ¿Qué era todo ese ruido? Terminé de levantarme, me cambié y quise saber qué pasaba. En la habitación no había nadie más. Salí a la calle y sentí la oleada de gente como una avalancha. Involuntariamente quedé mezclado en la multitud que ocupaba calles y veredas. Asustado, traté de volver a mi habitación, pero era inútil intentar avanzar en contra de la corriente, al primer intento fui empujado por mil brazos, y luego pisoteado por mil pies. Me recuperé, me dolía todo. Resignado tuve que dejarme llevar.

Durante un rato me entretuve observando a la gente. Nadie hablaba con nadie, todos corrían hacia delante, en los cruces se sumaban otras gentes que hacían esfuerzos inhumanos por ganarse un lugar, "Si supieran cuánto yo deseo salir de esto", pensaba y me lamentaba. Todos corrían, yo también. Aunque no tenía apuro había descubierto que al que no corría lo golpeaban (como al intentar ir en contramano). Entonces corrí, corrí sin pensar. También traté de mantener el centro, tenía que tener cuidado con los árboles, el que quedaba atrapado no tenía salvación, moría aplastado. En verdad nunca había visto a nadie, pero en todos los árboles la gran mancha roja me hacía estremecer.

Después de varios días me empecé a sentir vacío. Increíblemente solo. Miré a mí alrededor, entre tanta gente tenía que encontrar a alguien conocido. Una mujer a mi lado buscaba desesperada la forma de atravesar la valla humana. La miré, no me prestó atención. Traté de gritarle. Era inútil. Comencé a sentirme incómodo, molesto. A esta altura mi ropa pesaba toneladas. La transpiración, el calor, la gente, todo tan monótono, tan insoportable. Sin dejar de correr le acaricié la cara, tan suave, tan real. Aterrada ella me miró con expresión de indignación y deseo. Por un segundo nuestras miradas se detuvieron. Creo que los dos nos detuvimos, pero yo corrí mejor suerte, una mano anónima arrancó sus cabellos haciéndola caer hacía atrás. Nunca más la volví a ver. Enseguida comencé a correr. Nuevamente me sentí miserable.

No sé si por resignación o por falta de voluntad, pero nunca más intenté buscar compañía. A veces pienso en detenerme, sin embargo no tengo el valor. Y si alguna vez llego, lo único que espero es no sentirme tan solo.

Matías Matarazzo

17 años

Argentino

Correo electrónico: msmatarazzo@hotmail.com

 

Extraña Dama

Leonardo, aquel Hombre que, osado, se atrevió a reproducir mi cuerpo con óleos sobre una tabla, que inevitablemente, se cruzó por mi mirada su propuesta.

El único artista que tejió con sus pinceles una historia, nuestra historia...

Él supo la tonalidad correcta de mi piel, el tinte exacto y el movimiento característico de mi pelo. Y cauto fue capaz de decodificar el mensaje de una sonrisa tanto apática como insinuante... de una mirada extraviada como pecaminosa.

Creó, también, un fondo perfecto para apaciguar a mi inquieta sombra. Sólo movía circularmente su pincel sobre su paleta cargada de óleos de pasión y el tiempo no tenía ni principio ni final. La atmósfera flotaba sobre el color siena tierra tostado de su naturaleza y el espacio... el espacio... En realidad no recuerdo si existía ese lugar. Un páramo rocoso donde sólo vivió mi alma eternamente, y donde el movimiento del agua ahogó a mi conciencia.

El camino, solitario, se mezclaba con mi echarpe y con los rizos que inundaban a mis hombros.

- Adiós, Señor Leonardo. Regresaré mañana a la misma hora, le diré a mi esposo, Francesco, que debe traer el dinero.

Mi cuerpo abandonaba a mi alma en su atelier, vacío se retiraba con los hombros encerrados en el pecho, con la cabellera llovida sobre el rostro y las manos... las manos muertas, pendiendo a los costados de una sombra exigua.

El paisaje yermo que veía era la contracara de un cuadro, era lo que quizá nunca se notó, lo que jamás tuvo existencia.

Las auroras y los ocasos rozaban mis mejillas continuamente, y la pose, que antes sentía artificial, ahora era distendida y natural.

Cada tarde las manos se buscaban una a otra y descansaban en el brazo de la silla donde encontraban el lecho exacto para dormitar. La derecha protegía a la otra, menos fuerte...

Las telas de mi vestido se contraían y formaban los mismos colores sombríos del primer amanecer. El echarpe vertía su transparencia coronando mi frente y terminaba, goteando en la espalda de madera.

- No, Francesco, no... Todavía el cuadro no está terminado. No, déjame ir, quiero que Leonardo termine nuestra obra.

Su obra y la mía.

Desde ese día, jamás pude descansar en su taller; tampoco mis manos, mi vestido, mi expresión volvió a ser la misma; nunca fui yo, otra vez, porque desde ese día, no regresé, no lo vi de cerca, no lo escuché...

Odié siempre al hombre que impidió a mi ser contactarse con un sueño encarnado en otro Hombre, pintor, artista, polifacético desde todas las perspectivas.

La musa que en mi se liberaba, ese día cortó sus ligaduras, desentrañó y arrancó su numen. Huyó, escapando por mi pecho y pateó mis pestañas, soltando una gota de llovizna gris.

Su destino, estoy segura, era el ámbito de Leonardo. Quizá se talló en su cerebro y pudo seguir creándome perfecta, bella...

La belleza perfecta absorbida, por siglos, inmune.

- ¿Por qué Mona Lisa? Si ese no es mi verdadero nombre. ¿Francesco, no soy yo Ésa?.

Seguramente yo era Ésa antes, ahora sólo soy ella, soy yo...

Una simple mujer que inspiró a un pintor italiano, ahora mucho mayor ya, tiene las agallas de seguir conquistando poemas, canciones, rumore...

Los lazos y nudos bordados en el escote de mi vestido me ataron a este cuadro. No puedo, todavía, decodificar su tejido, no puedo dejarme ir.

- Las cejas, no me las modifiquen. No quiero que las toquen. Y no recuerdo su color, tamaño, forma... Porque no las tengo.

Un restaurador me las borró para siempre y eran tan armónicas, tan expresivas, tan mías...

Nacían en la muerte de la sombra de los párpados y su línea formaba un río simétrico con cada lado de mi nariz.

Enmarcaban a las "ventanas del cuerpo humano que, reflejo del mundo, le abren paso y le brinda su belleza, merced a la cual el alma está contenta de permanecer en su humana prisión"1

Durante seis siglos han especulado con mi figura, con mi origen.

Muchos reconocen su temor ante mí y no pueden evitar que mis manos frías les rocen la espalda al mirarme a los ojos.

Otros no pueden descifrar la verdadera angustia que se anida en mis pupilas y se esconde detrás de una omnipotencia falsa y terrenal

La inmortalidad poseída no me sirve, la niego.

La vejez me está alcanzando, finalmente.

Empezó arrugándome la nariz, pellizcando mi frente e ignorando el color natural de mi cabello.

Me rehacen "especialistas", pero imperfecta, me recubren con cristales frágiles como portones de acero. Me conservan condenándome a una agonía eterna.

Aunque una satisfacción inunda mi alma cada vez que leo mi nombre, "La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci"

Por eso ésta, mi sonrisa.

Y entre transparentes lágrimas de emoción le pregunto:

- ¿Dónde está Leonardo? ¿Dónde está?

 

Madonna Lisa di Antonio Maria Gherardini

Corina Margarita Buzelin Haro

18 años

Argentina

Correo electrónico: corinamargarita@yahoo.com.ar

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

LA FORMULA PARA SER FELIZ

 

Estaba en mi habitación revisando mi mochila, emprenderíamos un viaje hacia una reserva ecológica con mis compañeros. Era primavera, casi verano, hacia mucho calor. En el momento que iba a bajar a desayunar, mi mamá me llamó. Me apresuré y rápidamente estuve en la cocina. Desayuné y me fui sola a la escuela, caminado, ya que el día era el ideal.

Al llegar, mis compañeros estaban ya en el ómnibus, así que sin perder tiempo me subí.

Todos me saludaron y nos fuimos de inmediato.

El viaje fue largo, pero entretenido, íbamos cantando, riéndonos y contando anécdotas.

Estabamos muy emocionados. Inclusive yo, sabía que algo bueno estaba por pasarme.

Cuando llegamos a la reserva, el colectivo estacionó al lado de un río, me apuré y fui la primera en bajar. Como mis compañeros iban a tardar, corrí hacia el agua, me senté en una roca y sentí el ruido de la corriente. Cerré los ojos un largo rato y estuve pensativa. Al abrirlos nuevamente vi algo que parecía una escalera, estaba sobre el agua... Correteando por entre las piedras, fui a explorar. Era una escalera y parecía invitarme a subir, así que sin pensarlo decidí investigar.

Al llegar al primer escalón, encontré una carta, me explicaba que iba a vivir una aventura y a aprender muchas cosas, decía también que pasara al siguiente peldaño y que al terminar en cada uno siga subiendo. Eso fue lo que hice.

El segundo escalón era muy pequeño, mi pie sobresalía, allí había una puerta. Entré y había una hoja que contaba el por qué del angosto escalón, significaba el esfuerzo que hacemos para sobrevivir.

El tercer escalón era invisible, me di cuenta, porque al pisarlo se iluminó y brilló sobre él una frase: "Si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas".

El cuarto escalón era muy bello y daba ganas de quedarse allí, así que me quedé sentada, pero sentí algo que me acorralaba: eran unos barrotes y leí la siguiente frase: "No todo lo que brilla es oro". Automáticamente, desaparecieron los barrotes y aparecí en el quinto escalón. Éste estaba decorado con cosas nuevas, del futuro, y sobre un mueble muy moderno, habían unas letras: "No vivas en el pasado, ni en el futuro, vive el presente y serás feliz".

El sexto escalón estaba decorado con fotos y recuerdos de mi pasado, y estaba sobre la pared la misma frase del escalón anterior.

Al subir al séptimo escalón, había un telescopio por el que miré, allí había una imagen con mi sueño cumpliéndose. Cuando terminó, apreció la frase: "Es justamente la posibilidad de realizar un sueño, lo que hace la vida más interesante".

El octavo escalón estaba lleno de ventanas en donde estaban mis amigos saludándome y cada uno de ellos sostenía una letra, todos juntos formaban una oración: "La verdadera amistad, es aquella que me acompaña en las alegrías, me consuela en las tristezas y mira con indulgencia los errores..."

El noveno escalón era muy luminoso y lleno de lámparas, las luces formaban un largo camino que parecía no terminar y decía así: "No dejes de marchar cuando no hay camino. Deja que tus pies abran el tuyo, ni te detengas cuando no hay camino. Ilumina el andar con la luz que hay en ti mismo".

El décimo y último escalón era igual al primero, inclusive había una carta, pero ésta decía que debía completar el acertijo para volver con mis compañeros. Al acordarme de ellos, decidí resolver la pregunta, era muy fácil, pero sólo si habías emprendido el viaje por la escalera mágica, pues ella enseñaba una parte de la fórmula para ser feliz.

Finalmente, estuve de nuevo sentada en la roca, pero en el mismo momento que me levanté, vi a mis compañeros llamándome y regañándome por haberme separado del grupo. Con 13 años, había aprendido una parte de la fórmula para ser feliz.

Melanie Giselle Visotsky.

13 años.

Argentina.

Correo electrónico: dmre@onenet.com.ar o melucba@hotmail.com

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

EL CASO DEL NIÑO PERDIDO

De la serie "Darwin y los crímenes en el TEATRO DE ROMA"

Daniel saltaba de alegría cuando se madre accedió a que viajara en avión hasta Ushuaia donde vivía su abuela. Durante el viaje lo cuidaría Mariana Gómez, su amiga que era azafata. Llegó el día y Mónica llevó a su hijo al aeropuerto y después de hacerle prometer que obedecería a Mariana en todo, subió a avión de su mano. El avión comenzó a despegar, el niño sintió miedo al notar que éste estaba cada vez más arriba pero cuando la nave se estabilizó, se quedó tranquilo.

El avión hizo escala en Puerto Madryn donde descendían algunos pasajeros.

- ¿Mariana, puedo ir a ver la ballenas al mar? – preguntó Daniel.

- No, luego cuando volvamos a subir, te las mostraré desde arriba – contestó ella.

Cuando se reinició el vuelo, Mariana fue a asegurarse que el niño estuviera bien pero no lo encontró en su asiento. El joven que ocupaba su asiento junto a él afirmó que había ido al baño, pero allí tampoco estaba. Ella dio aviso al piloto, quien ordenó buscarlo por todo el avión, pero no lo encontraron en ninguna parte. Al ser notificado el comandante comunicó la desaparición de un niño de cinco años y luego se dio parte a la policía de Madryn.

El avión descendió en Ushuaia, punto terminal del viaje, el piloto y Mariana comunicaron a la abuela de Daniel lo ocurrido y ésta, desesperada, llamó inmediatamente a Mónica. Esta entró en pánico y prácticamente salió corriendo hacia el aeropuerto. Al entrar, visiblemente angustiada, tropezó con Darwin, quien estaba por viajar hacia Bariloche con su amigo Jhonatan, el policía; el detective al ver su desesperación le preguntó qué le ocurría.

- ¡Desapareció mi hijo! ¡Desapareció en un vuelo!

- Cálmese, la acompañaremos, ¿Vamos, Jhonatan?

- Por supuesto.

Al llegar a las oficinas le confirmaron que su hijo se perdió en Chubut pero que lo estaban buscando la Prefectura y la Policía.

- Pero hagan algo más, ¿no entienden que es un niño de cinco años? – clamaba ella llorando.

- ¿Quiere que me encargue del caso? Soy el detective Darwin.

- Sí, por favor, búsquelo, encuentre a mi hijo.

Así fue como Darwin y su amigo policía decidieron cambiar de planes y buscar a Daniel.

- ¿El niño subió al avión? – preguntó Jhonatan a la mujer.

- Sí, yo me quedé allí hasta que el avión despegó.

- ¿Pero, cómo permitió que un chico de cinco años viajara solo? – intercedió Darwin.

- El viajaba con la azafata que es mi amiga, yo confié en ella y lo dejé ir.

- ¿Cómo se llama la azafata?

- Mariana Gómez. ¿Quieren que les de una foto de mi hijo para poder reconocerlo?

- Sí, nos serviría mucho. ¿Cuál es la dirección de Mariana aquí? - tomó nota y continuó - Tranquilícese, nosotros nos encargaremos y le informaremos de todo.

Tomaron un taxi y fueron a la casa de la azafata donde los recibió su hermana.

- Soy el detective Darwin y necesitamos ver a Mariana, ¿podría decirnos donde está ella?

- En el aeropuerto, va a salir en el vuelo 308 rumbo a Ushuaia. ¿Pasa algo malo?

- No, sólo necesitamos hacerle unas preguntas, Muchas gracias.

Volvieron rápido y buscaron el sector del vuelo indicado.

- ¡Hola! – se dirigió Jhonatan a un grupo de azafatas que estaban reunidas cerca de las oficinas - ¿Dónde podríamos encontrar a Mariana Gómez?

- Allí viene – contestó una de ellas.

- Señorita Gómez.

- ¿Los conozco?

- No, yo soy Darwin y él el Policía Jhonatan. Su madre nos encargó la búsqueda de si hijo Daniel, ¿cuándo lo vio la última vez?

- En el avión antes de descender en Madryn.

- ¿Cómo cree que se perdió el niño?

- El quería ver las ballenas y le dije que no, que después las veríamos desde el avión. Le pedí que se quedara sentado y no lo vi más. Estoy desesperada por lo que pasó. El joven que estaba junto a su asiento me dijo que fue al baño.

- ¿Podría conseguirnos la dirección o el número de teléfono de ese joven?

- Sí, por supuesto, enseguida vuelvo.

Desde un locutorio llamaron a Axel Fernández, que así se llamaba el joven, pero su esposa les informó que ya había vuelto a Ushuaia y desde ese mismo lugar lo llamaron al número que ella les proporcionó.

- ¡Hola! ¿Es usted Axel Fernández?

- Sí. ¿Quién habla?

- Soy el policía Jhonatan y estoy buscando el niño que venía en el avión junto a usted.

- ¡Ah, sí! ¿Puedo ayudarlo?

- Necesito saber cuándo fue la última vez que lo vio.

- Cuando bajé en Madryn a estirar las piernas. El me dijo que iba al baño.

Ante todos esos sucesos no les quedó otra alternativa que dirigirse a Puerto Madryn. Hicieron copias de la foto de Daniel y se dirigieron al Departamento de Policía. Allí una mujer estaba hablando con el comisario y al ver la foto que Darwin tenía en la mano les dijo:

- Creo que sé donde está ese muchacho. ¿Qué pasó con él?

Darwin le narró lo ocurrido y ella sonrió.

- Ese niño está en mi casa. Vengan conmigo.

- Sí, gracias.

Al llegar, Darwin y Jhonatan vieron a Daniel jugando muy tranquilamente con los hijos de la señora.

- ¿Qué fue lo que hiciste? – preguntó el detective algo irritado pensando en la preocupación de la madre.

- Yo quería ver las ballenas – respondió él muy sonriente...

- ¡Ay, niño consentido, yo te daría una paliza! – pensó el hombre, pero no lo dijo - ¡Y pensar que estas eras nuestras vacaciones!- agregó ya en voz alta.

VALERIA LUJAN INSAURRALDE

l5 años

Argentina

Correo electrónico: emizorzut@netverk.com.ar

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

Ojo por ojo deja al mundo ciego

No está bien, no está mal. ¿Vos podés criticar?. ¿Vos podés entender tus propios actos?. ¿Entonces... por qué me señalas con el dedo?

Muecas invaden tu cara, son miles. ¿Crees tener el valor para frenarlas? ¿Tenés suficiente silencio para callar tantas palabras huecas? ¿Entonces... por qué me reprendes cuando hablo con la boca llena y dejas a otros hablar con la cabeza vacía?

Cielo, querés creer en un cielo, querés creer en un ideal, querés ser un superhombre. No te interesa el amor, tan solo tener títulos, títulos que luego serán meticulosamente ordenados, ordenados en filas, filas abstractas, sin materia, mezquinas. Las mismas filas que luego se comerán tus títulos. Quisieras creer en algo, en cambio estás tan sordo.

Una lágrima, una mujer atrás, te quejas, miras la ropa, miras el color de la piel, lees cuentos rosas, que a veces se tornan azules. Viento, todo en tu vida es viento, no tenés tiempo, ¿quién se lo llevó? ¡El viento!.

Pero vas a despertar, una mañana vas a despertar. No tendrás una cama, no tendrás un espejo, no habrá paredes, no habrá ecuaciones perfectas, ni profesores, ni ideas. Tendrás que revelarte. ¿Crees poder hacerlo solo? ¿Y yo quién soy para cuestionarte? ¿Y yo... soy, o no?

MANUEL MONTES DE OCA

16 AÑOS

ARGENTINO

LAMADRID 665, TRES ARROYOS (7500), PCIA. DE BUENOS AIRES

Correo electrónico: manuelmo@infovia.com.ar

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

VEJEZ

Hoy han venido aquellos jóvenes. Recuerdo entonces nostálgicamente mi juventud y encuentro en ella recuerdos que no se han perdido con el tiempo, todavía no se diluyen entre la amnésica y demente memoria de viejo. Allí están. Tú, la mujer que siempre amé, con tus grandes ojos redondos y claros, que parecen salirse de la fotografía que ahora aprieto entre mis manos y que enseñé a aquellos jóvenes. Han decidido escucharme, inquietos tal vez de escuchar a aquella persona que les ha pedido con gesto sincero y humilde, simplemente cruzar palabras. Ellos han respondido, quizás han esperado un grandioso consejo de parte mía. Eso no es para mí. Para mí no está más que mi vida en fotografías para enseñárselas, pues no soy aquel anciano que mide su sabiduría por el largo de su barba entrecana. No, no lo soy.

Han reído conmigo, pícaros, me recuerdan a través de las fotografías que aferro a mi billetera, mi vida juvenil que quizás parece poco para ellos. Hemos revivido entonces, gracias a la camaradería, el día en que te vi desnuda con las suaves y graves curvas de tu cuerpo mostrándose descomunales a través de la delgada tela de la ducha, mi hermosa imagen escondida, guardada en mi memoria. Hermosa y tersa piel morena que acaricié entre mis manos temblorosas. Ellos te han imaginado a través de tus ojos en aquella fotografía y por un momento callan cuando les he descrito tu hermosura tangible. Tal vez tú no estés en sus recuerdos como estás en los míos. Soy yo el único que te ha amado y conocido.

Por un momento, aquí sentado observándote, ha entrado por la ventana el frío de la augusta noche. Ellos ya no están. Me han escuchado y se han ido. Me han reconfortado. No, los maldigo porque han traído a mi mente el reflejo de la soledad que me invade en el frío cuarto del ancianato. Me levanto a cerrar la ventana. Camino lento y encorvado y necesito de mucha más fuerza que en otras ocasiones para asegurarla. Sumergirme en la infinita soledad y melancolía que me ha producido aquella visita, recordándote mujer de mi memoria, quisiera ya la vaguedad y la demencia de la vejez, antes que estar así, esperando enclavado en la habitación que llegue de nuevo el día, pues la noche renueva la nostalgia y las ansias de la muerte próxima. Maldita vejez, solo espera la muerte y la añoranza de recuerdos olvidados en viejas fotografías arrugadas y rotas. Desgraciado abandono. Te aferras a evocaciones necias sin regreso. Solo me queda esperar la apertura de mis cansados ojos en la mañana y aguantar como hoy y otros días el tedio de la senectud.

Edgar Mauricio Rubio Rubio

18 años

Colombiano

Correo electrónico: ebola1000@hotmail.com

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

Los niños de la Calle

La miseria es obra y gracia del espíritu humano y la misma es exaltada y enriquecida, día tras día, en nuestro haber.

Esta se puede representar de múltiples maneras que cotidianamente observamos de forma detenida y no hacemos nada para frenarla.

Se puede observar por ejemplo... en la muerte de una rosa, privándonos de su fragancia y belleza. O incluso hasta en la muerte de un pobre anciano, que tirado en la calle perecía lentamente, aún con la mano levantada esperando un cinco de limosna ...

Es tan frecuente y tan aterradora... y es la protagonista de nuestra siguiente historia. Es la mayor muestra de que el hombre es terreno y que vive y respira con un gran nivel de imperfección. Cuánto daría por ser una simple brisa de viento, cuánto por ser una leona en su manada y dar a conocer así el instinto maternal...

Era un veintitrés de diciembre, vísperas de Navidad. Todo se hallaba callado y en paz. El reloj de la torre de la iglesia daba las tres de la tarde en una recíproca tonada que marcaba el paso de un vals invisible.

¿Pero, cómo yacía la majestuosa ciudad? Pues bien, coches por doquier, semáforos enloquecidos, madres tirando de las orejas de sus hijos, y señores de traje dirigiéndose a su trabajo después del receso.

Fuertes estruendos de bocinas enloquecidas se oían por los cuatro costados. Choferes de autobuses pitando, repletos de gente, y taxis a sus lados volando como bólidos.

El humo de las fábricas asfixiaba al transeúnte y puentes fríos y maltratados se erguían como ancianos dando muestra de su presencia.

Allá, en el orfanato central, se dibujaba la silueta de un niño en una ventana. Era inútil describirlo, ya que no tendría conceptualización alguna.

En aquella ventana se había enmarcado la silueta del hambre, del maltrato y del silencio perpetuo. Imagínenselo, traten de remontarse a ese preciso momento. Era un día frío y oscuro, se avecinaba una leve lluvia o tal vez un aguacero.

Una calle alejada en un mínimo porciento del bullicio y el humo de la ciudad dividía dos instituciones semejantes pero, distintas totalmente a su vez.

Y es que así era. La primera se entendía como una escuela privada llena de niños uniformados y rebosantes de alegría; corriendo y saltando en el parque que daba a esta calle, tirándose en el tobogán, disfrutando de los columpios y subibajas, seguros de una madre y un padre que los esperarían al dar las tres y media afuera del portón.

Al otro lado, por el contrario, un edificio resquebrajado y añejo por el tiempo permanecía en pie con sus muros sin pintar y rallados por las habituales bandas de jovenzuelos. El monte de su jardín frontal seguía creciendo sin resentimiento y sin volver la vista atrás. Un gran y solo edificio que se anunciaba con un letrero agrietado y manchado por la contaminación era la fachada de aquella entre comillas "institución". Aquel letrero rezaba: "Gran Orfanato Central", que más bien sería "Gran Ornato Central" pues la "fa" de orfanato se había caído.

Y allá arriba, en el segundo piso, un niño de escasos ocho o nueve años se encontraba de pie solo en su ventana, con su cara mugrienta y su pelo grasoso; con su piyama lleno de huecos aún puesto y sus sandalias rotas. En su pequeña mano tenía un osito de felpa sin un ojo y carcomido ya por el tiempo.

Pobre niño... Su rostro de ángel se hallaba manchado por las lágrimas que recorrían sus mejillas. ¡Pobre, pobre ángel! Viendo desde aquella entrada de luz aquel parque lleno de infantes con los que podría estar jugando, se lastimaba de su desdicha.

Él observaba aquellas flores que podría estar oliendo y aquellos artefactos en los que podría estar disfrutando. Como veía con dolor cargar sus útiles a aquellos niños y saber él, que en ese triste encierro clandestino no les enseñaban más que a estar callados. Y luego retomaba: "Y a mí de qué me sirve esto... si soy mudo".

De repente comenzó a llover. Dieron las tres y media y por fin llegaron los padres a recoger a sus hijos. Que tristeza era para él observar a aquellas familias taparse de las inclemencias del clima y entrar en sus autos. Él sabía que detrás de esa puerta que se hallaba en su cuarto, no iban nunca a aparecer sus padres esperándolo con un beso y un abrazo. ¡Él era un simple andrajoso huérfano y nada más!

Cayó la noche. Una vieja anciana con rulos, de aspecto regordete cara cachetona y gran papada, entró al cuarto y apagó las luces. Vestía un delantal amarillento y un aro con gran cantidad de llaves en su mano izquierda. Los pasos de aquel ser se oían bajar las escaleras mientras que estas rechinaban al unísono.

Aquel niño silente que se había hecho el dormido se quitó la sábana de su cabeza y se aferró fuertemente a su pequeño oso. Durante la noche los truenos se reflejaban en la ventana que daba a la cama del párvulo y la lluvia afuera no cesaba. Esa noche pasó en vela viendo desde su catre aquella escuela...

En la mañana del veinticuatro, el niño se levantó alegre desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos. Corrió para salir de su cuarto, porque como de costumbre tenían que hacer fila para bañarse. Era el primero. Ya mudado bajó las escaleras con dirección al comedor, él quería ser el primero en llegar.

Era un día lleno de gozo para aquel pequeño, cumplía años – según decían- pero al entrar en la estancia adonde servían la comida se encontró con aquella vieja ataviada de rulos en manos de tres policías. La llevaban esposada y vio que en el basto comedor no se había aún puesto la comida.

El niño, espantado al ver que unos policías se llevaban a la vieja y otros entraban y sacaban a los demás desventurados; salió por la puerta trasera del edificio sin perder tiempo y corrió y corrió hasta estar seguro de que se encontraba lejos de aquel lugar. ¡Pobre niño!, él nunca se imaginó que la vieja estaba siendo detenida por trato clandestino y proxenetismo, y que a todos ellos los iban a trasladar a un lugar seguro y después a un verdadero hogar...

El pequeñuelo, aún asustado, había ingresado en la ciudad. Muchas cosas para él eran nuevas, y el ruido de los carros era aturdidor para sus oídos.

Tras mucho, mucho esfuerzo, pudo cruzar una gran avenida y entró en un callejón por donde pasaba una alcantarilla fétida, la cual, para sorpresa del vástago, estaba repleta de indigentes.

El niño se encontraba asustado al ver esas caras de viejos llenos de trapos, mal olientes, sin dentadura e indescriptibles; no se pudo contener ni un momento más y corrió nuevamente de forma desenfrenada hasta que chocó con algo que lo hizo caer al suelo.

Aún atontado volvió su vista para arriba y se encontró frente a frente con un anciano de pelos canos y espesa barba. Difiriendo de los demás, el niño, al momento que lo vio, le sonrió y el viejo lo ayudó a levantarse.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó el hombre, con voz suave a aquel afásico infante. No recibió respuesta alguna.

- ¿Adónde vives? ¿dónde están tus padres? Tus ropas no son de niño de ciudad, más bien pareciera que fueras de por aquí.

El pequeño se le quedó mirando con la misma impresión y dio a entender por señas que era mudo.

Inmediatamente el viejo quedó fascinado con él y le comenzó a hablar.

- Mira pequeño, no hablas pero supongo que debes de escuchar, ¿no es así ? Asiénteme si estoy en lo correcto.

El niño le respondió de la forma indicada.

- Perfecto. Ahora escucha. Lo que creo debo hacer es llevarte a la oficina de policía para que ahí se hagan cargo de ti ¿no crees?

El niño se encogió de hombros y dejó al viejo igual a como había comenzado. Minutos después, el anciano le tomó su pequeña mano y los dos comenzaron a caminar, pero a los tantos pasos el pequeñuelo se comenzó a tambalear y cayó al suelo inconsciente.

Pobre niño, se notaba a simple vista el maltrato por el cual había pasado dentro del orfanato. El viejo lo recogió y lo llevó a su refugio y lo acostó entre unos cartones que recién había encontrado. El hombre, que por cierto tenía unos setenta y pico de años, notó que del pantalón del mozalbete había caído una tarjeta de numeración con el nombre del "Gran Orfanato Central" en ella. Ya sabía de adonde había venido el niño. El pobre, inconsciente, dejó al pequeño dormido y se fue a aquel lugar que señalaba la tarjeta.

Al despertar, el chiquillo se quedó dentro de los cartones con frío y con miedo recordándose que en su salida del orfanato, había dejado su oso de felpa perdido y que, tal vez, no lo volvería a ver. Al rato, regresó el viejo sin esperanzas de encontrar el lugar y le señaló al chico que a la mañana siguiente irían a la policía para entregarlo, pero ese otro día nunca iba a llegar, ya que, el viejo moriría esa misma noche cubriendo al pequeño del frío para darle cobijo y al día siguiente, este abandonaría esa pocilga, para que en esa mañana de Navidad, en su cumpleaños... ¡se convirtiera en uno más de los niños de la calle!

Andrei A. Calderón Enríquez

17 años

Costarricense

Correo electrónico: fenrique@fcs.ucr.ac.cr

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

Abajo quemando el sol

(Testimonio de una cucaracha omnisciente)

«Hace cuatro horas que el sol se ocultó y Espinaca se encuentra inmersa en el letargo que provocan los 30˚ centígrados de temperatura mínima en el pueblo sin nombre, donde 205 habitantes son ya sinónimo de explosión demográfica (aunque los pobladores no conozcan el término; para ellos es mucha gente y ya).

Naca, como le llaman de cariño, tiene casi una semana sin poder dormir más de dos horas, así que pasa las noches tratando de responder interrogantes carentes de trascendencia, como de qué manera puede dársele fin a la extraña enfermedad que hace meses consume lentamente a Eucalipta, su mamá (padecimiento que en otros lugares del mundo se llama tuberculosis), por qué últimamente sus homónimas hortalizas no crecen en el terreno, si la serpiente que mordió a su prima era venenosa o por qué últimamente no la ha visto y qué le pasa al burro, que no deja de rebuznar, por amor de Dios; cualquiera diría que el animal intenta alimentar su insomnio.

Su pueblo no tiene nombre porque nunca nadie se ha preocupado por darle uno: si alguien sale — que casi nunca ocurre — y le preguntan "¿De dónde vienes?", contesta "de allá", o "de por ahí"; cuando pasa algún grupo de viajeros cerca y uno inquiere "¿Qué hay atrás de ese cerro pelón?", siempre alguien, aunque nunca haya ido, responde "Hay un pueblo muy feo, mejor vamos a Otro Lado".

Otro Lado es lo opuesto del pueblo sin nombre: sus avances tecnológicos son iguales a los de los países del Primer Mundo. Tal vez eso se deba principalmente a que cada mes llega algún grupo de modernos misioneros con toda clase de dispositivos extraños como el que permite abrir latas con sólo apretar un botón; ellos no tienen latas, ni las necesitan, pero sienten que viven en Japón o algo así.

En el pueblo anónimo la esperanza de vida es corta en relación con otras partes del mundo, pero sin referencias, los habitantes no se enteran; viven sus 40 años lo mejor que pueden, tienen casi todo lo que quieren. Por ejemplo, cuando a un residente — sin importar su género — le atrae otro — también de sexo indistinto —, se lo roba, como un niño que entra a una tienda y no soporta la tentación de todos los chocolates estratégicamente acomodados en el mostrador. Evidentemente, sustraer un humano implica consecuencias un poco más graves.

A Naca le encanta Descenso, el joven que reparte la leche. Cuando amanece va a visitar a su prima con la preocupación como pretexto:

— ¿Cómo sigues de tu mano?; la víbora no tenía veneno, ¿verdad? — y como no queriendo, le da el sablazo — ¿Me ayudas a robarme a Descenso?

— Está bien, pero luego tú me acompañas por su hermana.

Mientras, Descenso trama un plan para raptar a Acelga, la prima de Naca. Qué coincidencia que Descenso piensa consumar su proyecto hoy a la misma hora que Naca y Acelga lo van a secuestrar, en la plaza; aquí cuando se roban a alguien, por ley, no puede hacerse ya nada, con respecto a ese asunto.

Con la experiencia de doce años de lazar caballos y tortugas — que por una razón desconocida vinieron a reproducirse a este pueblo no denominado —, Naca y Acelga cumplen su propósito. A Descenso sólo le queda la resignación y los dos litros de leche que no alcanzó a repartir.

— Mañana te ayudo con Elevación, Acelga; hoy tengo cosas qué hacer.

Ya en la casa, Espinaca le da las noticias a su mamá, quien, tras felicitarla difícilmente en medio de un ataque de tos, le hace una petición macabra:

— Por favor mata esa cucaracha que está ahí; no me gusta cómo me ve.

La joven recuerda que su madre lleva días delirando por la fiebre y deduce que ni siquiera la está mirando, pero debe obedecer. Luego, con la alarma de quien será severamente castigada por un grave error, dice:

— Mami... esteeee... tengo algo que confesarle... no es mi culpa, pero pos la cucaracha tiene alas y... esteeee... voló y no alcancé a... — el llanto interrumpe su explicación. Descenso se limita a observar impávidamente.

— ¡Ah, Naca tan estúpida! ¡Te voy a enseñar cómo se mata una pinche cucaracha!

El énfasis con que pronuncia la sílaba pin, asusta; lamentablemente — y Naca lo sabe bien — Eucalipta es una mujer materialista y el campo de práctica va a ser precisamente el cuerpo de su hija. Sin embargo y para fortuna de Espinaca, la fatiga no permite que se consume la dolorosa cátedra.

Descenso abandona su estoicismo y en señal de sorpresa, levanta ambas cejas. De pronto se da cuenta de que realmente nunca ha podido distinguir entre una espinaca y una acelga. Lo invade una felicidad incontrolable: se encoge de hombros.

Tras este incidente, Espinaca decide que ya es tiempo de que haga su vida separada de su madre, de independizarse. El día se extingue en el traslado de todas las pertenencias de la joven pareja hacia el cuarto de atrás (realmente su patrimonio consiste en una mesa y cuatro cobijas, pero acomodar las cosas con una buena administración del espacio, toma tiempo).

Llega la noche y con ella el momento que Naca esperaba con ansias: el primer intento — fallido intencionalmente — de procrear. No obstante, siempre ha sido una mujer con gustos y ascos muy extraños y las llamas de la pasión que hace unos minutos la consumían, se ven dramáticamente sofocadas por un balde de agua fría (o mejor por unos cuantos kilos de arena, para que el humo no invada el cuarto):

— Descensito, ¿hace cuánto que no te lavas los pies? — pregunta alejándose lo más discretamente posible de las dos letales extremidades para no aspirar su nefasto aroma.

— Me los lavo cada semana — ambos saben que no es verdad, pero es más embarazoso admitir que nunca dedica tiempo a esa tarea; continúa con una excusa que lo exime un poco de la vergüenza —... pero los dientes, tres veces al día.

Espinaca se promete a sí misma que es la última vez que se roba a alguien porque tiene la dentadura completa — en un pueblo donde el aseo dental es una costumbre novedosa y adquirida quiénsabededónde, quien conserva todos los dientes es muy extraño y admirado —. Se excusa entonces:

— A propósito, dejé mi cepillo de dientes en la casa de Acelga. Tengo que ir por él.

— ¿Quieres que te acompañe? — Descenso no puede renunciar a la oportunidad de contemplar y comparar a las dos primas.

— La verdad quiero hablar con ella de algo que tú no puedes saber — evidentemente, nunca se ha distinguido por su sutileza —. Ah, y de pasadita voy a ver a mi mamá.

Cruza la puerta de madera de enebro que separa su cuarto del de Eucalipta. Se contemplan muda y mutuamente dos minutos y Espinaca abandona la casa. Camina descalza encima de las piedras redondas que alguna vez se posaron en el fondo de un río. De vez en cuando pisa sobre unas a las que evidentemente les hizo falta la acción suavizante del agua. Esas son las dolorosas.

Llega a casa de su prima y comienza el inexplicablemente largo relato del corto episodio nupcial; a mí me da mucha flojera tener que escucharlo; francamente, a veces Naca me aburre mucho. A fuer de sinceridad, la empecé a seguir porque siempre que come tira migajas de pan y trozos de carne; luego, me fui interesando por su vida y ahora no la quiero dejar, pero todo sería menos aburrido si no hablara tanto. De todas maneras, muchas veces ha intentado matarme y eso le da un toque especial a la vida: la adrenalina mana abundante por mis venas.

Acelga siempre toma determinaciones un tanto drásticas: tiene diez minutos tratando de convencer a Naca de que la mejor solución para su problema es matar al pobre Descenso. Naca tiene el carácter débil y es muy fácil convencerla de cualquier cosa. Ahora lo que están discutiendo, es la mejor manera para cometer el asesinato. Deciden hacerlo mañana.

De nuevo en su cuarto y repuesta del asco, Naca reinicia la ceremonia amorosa con Descenso, no sin antes mandarlo a lavarse los pies. Su vigilia obedece esta noche a otras causas.

Ya son las diez de la mañana y, según el plan, Acelga debía llegar a las ocho; finalmente, se digna a comparecer sólo tres horas más tarde. Naca ya cambió de opinión:

— Yo creo que ya mejor lo dejamos así, ¿no? Ayer tuve tiempo de acostumbrarme.

Acelga no soporta que la haya hecho ir hasta allá y la vuelve a convencer. Conforme a los planes, mientras Naca realiza el trabajo físico, Acelga se encarga del tísico: entretener a Eucalipta, en caso de que quiera entrar al cuarto del matrimonio.

Poco convencida, Naca toma el cuchillo más filoso de la cocina y entra a su habitación, donde Descenso lava cuidadosamente sus dientes. Yo tengo mucha curiosidad por saber si lo mata... yo creo que no... aunque quién sabe. Tengo muchas ganas de entrar, pero la verdad no soporto ver la sangre, así que mejor la espero aquí con Acelga y Eucalipta.

— Acelga, mata esa cucaracha.

— Sí, tía — Acelga es muy rápida... y yo de verdad quería saber qué pasaba con Descenso.

Aquí se acaba

Periplaneta Blatoidea»

— ¿Ves? Este lo escribió WC Modotti, ¿te gustó?

— La verdad no; no le entendí ni siquiera al título y ni ganas me dieron... bueno, me gustó que indicara el final sin recurrir a las tres letras más obvias y... ¿cómo dices que firmó?

— Periplaneta Blatoidea.

— Ese seudónimo me encantó... Periplaneta Blato... ¡La cucaracha! — dijo señalando la pared, con el rostro blanco, igual que el arroz, como si detrás de su amigo hubiera un insecto insólitamente enorme (y descomunalmente inverosímil) — ¡Cuidado!

Hortensia Martínez

18 años

Mexicana

Correo electrónico: tencha_mtez@hotmail.com

RECOMENDADO POR EL JURADO

 

Como un pájaro libre

La paz parecía garantizada, cuando un día, en un abrir y cerrar de ojos estalló la bomba de su histeria y lo colocó entre dos muros: la realidad y su locura.

Siempre había tenido problemas que influían en sus acciones. A veces, hasta llegaba a ser capitán de algún barco pirata que andaba por el desierto.

No sólo se sentía aislado, sino que pensaba que seguiría así por siempre.

Su casa era un depósito antiguo de bolsas de aserrín de una fábrica maderera alejada del pueblo. Las cuatro paredes solitarias no permitían el paso de la claridad. Todo era olor a humedad, a polvo, a no sé qué.

Él se sentía a gusto porque era su mundo.

Corría por campos de lavandas, nadaba en cascadas escondidas entre selvas impenetrables, luchaba en guerras contra la calamidad, pero la mayoría de las veces que padecía de esas extrañas sensaciones era pájaro, pájaro libre.

Huérfano, hacía veinticinco años que estaba asentado allí, aunque cinco antes había vivido en la calle de lo que le daba la gente. Fue en ese tiempo cuando aprendió una pizca de idioma, de civilización.

No tengo idea a qué edad comenzó su locura, pero acá lo llaman "Euforia" desde antes que yo naciera. O sea, más de dieciséis años.

Una tarde escuché que querían sacarlo del refugio, su casa, en términos más claros. Y me sentí mal; a escondidas de cualquier elemento con vida me escabullí hasta el lugar antes de que eso ocurriera.

Mi asombro fue tan grande que mantuve la boca abierta durante las horas que permanecí.

Pude ver entre metros y metros de pasto verde, seco y todo lo que quieran que sea, a ese monoambiente negro, sucio, ruinoso, y allí zumbando, la voz de Euforia.

Me acerqué más y más. Cuando me di cuenta, estaba parada frente a un hueco de una de las tapias (que habrá sido la puerta) frente a ese aire gris y al olor a no sé qué, lo descubrí.

Lo había visto. Cara a cara, mudos, con ojos de lechuza, nos contemplábamos uno al otro como si fuéramos extraterrestres.

Asía estuvimos largo rato hasta que me invitó a nadar en su oasis.

Lo fui conociendo de a poco y él a mí. Encontramos nuestros mundos en tan sólo, según mi reloj dos horas. Le di una sonrisa y prometí volver.

Seguí tapando mi presencia por largo tiempo. Buscándolo en horas que tenía desocupadas. Aunque en ciertas ocasiones no encontraba excusas para cubrir mi roña después de cada incursión.

Juntos pasamos tiempos maravillosos creyéndonos magos, animales. Me enseñó a descubrir la otra cara de la vida; le enseñé a pensar, relacionar, a ver la realidad.

Un día mientras sufríamos el ataque de guerreros austríacos, de lejos se escucharon inarmónicos sonidos similares a los de una ambulancia. Tildaron nuestros movimientos y espantados, nos apartamos del mundo subreal y comenzamos a correr en círculo, sin sentido, sobre el pantano terrenal.

Dentro de esa atmósfera, los ruidos y sonidos se escuchaban a la perfección ,. Mientras que afuera lo que sucedía era lo contrario.

No hubo nada qué hacer... hallar un lugar adecuado para escondernos era completamente inalcanzable. Los muebles, la cama, los bosques y columnas eran puro efecto de nuestra imaginación.

Entraron de apoco, personas de blanco. Una con jeringa, otra sosteniendo un chaleco también albo. Luego dos más, me tomaron e impidieron acercarme a él, al mismo tiempo que le colocaban el chaleco, porque no hizo falta la anestesia (era demasiado ingenuo y no entendía los hechos):

Al reclamo de explicaciones escuchando los terribles gritos de Euforia, logré comprender que lo llevarían a un psiquiátrico quizás en dónde, y que no volvería.

Pedía por favor verlo un última vez pero a solas y después podrían llevárselo. El permiso fue dado luego de unas súplicas bastante lloradas y fui a abrazar a Euforia que estaba sentado en un rincón de su casa, mientras que la otra gente aguardaba nuestra salida cerca de la puerta. ¡Cómo podría olvidar esa conversación!.

-¡Soldado! Me han capturado, me tiene prisionero los del mal. ¡Aléjese!- me advirtió con tono desesperado.

-¡¡Basta, Euforia!!- Lo corté –Es grabe todo esto y no sé qué vamos a hacer... quieren llevarte a donde nadie va. Quieren sacarte tu tierra, tu universo. Nos quieren alejar.

Fue como si hubiese apretado el botón stop de la videograbadora. Se quedó mudo, otra vez con esa mirada que sostuvimos en un principio.

- Demasiado ruidosos... ¡Bah!- contestó omitiendo mis palabras.

-¿¡No entendés!? ¡Se pudrió todo! ¡No da más... te llevan, Euforia, te llevan!- grité con tono desesperado, ya sin aliento.

Y una lágrima cayó de mi ojo y después otra y otra y ya no pude parar y estallé en llanto.

Fue justamente en ese momento cuando descubrí por primera vez su debilidad, porque cuando bajó a la realidad, lloró conmigo.

Una espontánea calidez abrazó nuestra amistad. No había consuelo alguno. Lo abracé y traté de sacarlo de esas ataduras que lo mantenían inmóvil. No pude con mis manos pero junté todas mis fuerzas y mordí la tela hasta hacerle un tajo y le arranqué ese maldito ropaje.

En silencio absoluto y en un tris, ingeniamos un plan para su escape, mientras los demás aguardaban afuera. Sacamos de a poco los ladrillos flojos de la pared del fondo. El hueco no fue tan grande, porque sino, entraría luz y llamaría la atención de las personas de blanco.

Cuando estuvo listo, huyó llevándose un abrazo y tiempos inolvidables.

No volví verlo. Con los albinos quedé como una nena inocente víctima de un psicópata que escapó hasta con un chaleco antifuerzas (que obviamente se llevó consigo de recuer5do para no dejar huellas de la fuga).

Ayer se cumplieron diez años de su ausencia y de mi depresión encerrada, porque desde aquella vez, mis días fueron apagados en las cuatro paredes de mi habitación.

No tuve adolescencia. Dejé de estudiar porque me iba mal, me peleé con mi familia, con mis amigos. No viví.

Pero fue precisamente ayer cuando decidí salir y ver el sol. Abrí la puerta de mi cuarto, mis huesos se sintieron libres, y para cuando estuve afuera, comprendí la gran pérdida en mi vida.

Decidí caminar. Crucé una plaza abandonada en donde habíamos pasado algunos días como si fuéramos a la playa.

Mis ojos iban por lo bajo contando pisadas, y cuando subí la mirada, colgado de un árbol... ¡El chaleco!.

El corazón me dejó de latir por un instante. Y mis ojos se humedecieron y derramaron gotas carentes de sal.

Arrodillada en el suelo, con las manos en mi rostro , sufría el recuerdo de aquella alma que contagió su ser al mío e hizo planetas nuevos en mi mente.

Sentí una respiración detrás de mí. Volteé para ver. Un hombre permanecía contemplándome con ojos de lechuza que me parecieron absolutamente familiares.

Igual no supe quién era hasta que se hizo escuchar:

- ¡Un capitán nunca se rinde, soldado! – anunció con voz ronca.

¡Era él! ¡Era Euforia!

Me paré enseguida y le di un abrazo y un besote en la mejilla.

No comprendíamos qué nos había sucedido, los dos estábamos muy cambiados. Ya no era el mismo por fuera, ahora vestía ropa limpia, olía bien y hasta hablaba clara y perfectamente, aunque conservaba esa mirada pícara y cómplice de una vez.

Pasamos un rato largo de preguntas y respuestas seguidas de risas y emociones.

Hasta que me decidí a preguntarle cómo llegó a esta vida...

"Después de correr por varias horas, mis piernas no respondieron y caí en campo abierto en el suelo áspero de brea pintada. El horizonte no era más que una recta alejada, sinfín de árboles abajo y cielo con nubes en la mitad superior. No sabía en dónde me encontraba, pero quería irme lejos y no ver a los extraños blancos. Me causan aún rechazo. Bueno, me tranquilicé y cuando mi respiración volvió a una estado que yo diría normal, traté de levantarme y caminar lento para luego, avanzar más rápidamente. ¿En qué estaba pensando? Mi mente estaba en negro, con tan sólo tu rostro en ella. No podía apartarte. Algo me lo impedía. Creo que fueron las vivencias entre luchas y vuelos, colores y formas. Hacía calor a la intemperie. Puedo decir que ese día nadie quiso viajar excepto Luis Barraco, un hombre un poco mayor que yo, que manejaba un modelo medio arruinado. Él es un campesino que me levantó en la ruta y me dio albergue. Su casa, que no sé si todavía la tiene, está ubicada en un campo. No me preguntes dónde porque no tengo idea. Se llega a través de un matorral de árboles gigantes. Es bastante linda. Tiene un patio cuidado con muchas plantas de todo tipo y cinco perros de caza resguardándola, que, a propósito, no me dieron una buena bienvenida. Con el paso de los día nos fuimos llevando mejor. Luis es un tipo soltero,. Fanatizado con la naturaleza. Es sencillo en todo aspecto. Tiene una barba blanca que cubre su mentón al igual del poco pelo de su cabeza, pliegues en las partes más destacadas de su cara, ojos caídos y azules y una nariz redondita. Es flaco y se nota que en su juventud ha decidido manejar su cuerpo con pesas. Tiene una paz encima que ni te imaginás. Si lo conocieras, no podrías creer que es actor retirado. Me contó que la rutina de actor no le quedaba. Quería ser más libre, disfrutar el aire puro, la vida salvaje y todo eso. Me encariñé mucho con él y viceversa. De modo que mi estadía se fue estirando como cuando jugábamos con los chicles en el pasado ¿Te acordás? ¡Qué risa!.. La cosa es que nos convertimos en compañeros de aventura, aunque nunca como las nuestras. Pasó un año y yo seguía con Luis y sus cinco perros. Una mañana opté por recorrer el bosquecito para escuchar los pájaros. Cabe aclarar que mi locura no me había visitado hasta esas horas. Para cuando estuve sólo volé yo también. Oscurecía y como no me podían encontrar, Luis y los perros comenzaron una expedición para rastrearme. Me hallaron hablando con los pájaros, narrándoles mil historias. Sentí aplaudir con goce y de un tumbo caí en el planeta Tierra. Luis me halagó tanto que sonrojó mis mejillas. Para aprovechar mi talento (según él), al día siguiente viajamos a la capital en donde me acercó a un teatro. Se llama El Clandestino. En el me dieron una habitación con la condición de que fuera el cuidador. Ahí fue donde me perfeccioné con la actuación, conocí personas nuevas, participé en algunas pequeñas obras locales por un plazo de más o menos ocho años y medio y es el primer teatro en donde estrené mi obra llamada "Euforia". Un monólogo escrito por Barraca y actuado por mí, desde hace seis meses, en donde narro mi experiencia de vida y estoy acá para presentarla, ¿Me vas a ir a ver? Obvio que en una aparecés vos. Es la última presentación que hago en el país, porque dentro de una semana empiezo con una gira por Europa y después veo hacia dónde me encamino. Igual en cada tiempo libre, mejor dicho en las vacaciones, voy a venir a visitarte. Por lo pronto quiero que estudies y mejores tu vida. No te preocupes, estoy bien..."

... Y cayó la tarde. Nos saludamos. Comenzamos a caminar. Llegamos a una esquina y nos desviamos cada uno por su rumbo para volvernos a ver otro día. Quizás cuando yo trabaje y él sea un anciano... quizás ya no lo vea más.

Pero esta vez no huyó. Se alejó cantando. Me di vuelta y lo miré. Marchaba como un soldado ante el ataque de los austríacos. De pronto, comenzó a correr, como en un campo de lavandas y abrió lo brazos, como un pájaro libre, como no sé qué.

 

Natalia Perin

16 años

Argentina

Correo electrónico: fliaperin@interclass.com.ar

natiperin@hotmail.com

 

MUERTOS A LA VIDA

Dedicado a mi hermana

Yo iba al sótano. Bajé las escaleras y después vi algo. Era parecido a mi perro "Yaguar". Eran sus huesos. Alguien se estaba comiendo los huesos de mi perro "Yaguar". No sé, pero era alguien también de huesos, con cabeza redonda y dos ojos.

Después huí del sótano y me fui a la cocina a tomar una chocolatada para sacarme el miedo. Pero cuando abrí la heladera la chocolatada había desaparecido.

Me fui a mi pieza a hacer lo que quería y ahí pensé que nunca más tendría que entrar al sótano.

Sentí que alguien tocaba la puerta: era mi perro "Yaguar". La abrí. Le dije:

- "¿Vos no estabas muerto en el sótano? ¡No importa! Pasá a mi pieza".

El perro pensó:

- "Eso era lo que quería".

"Yaguar" se transformó en un escorpión y no se supo más de él. Mi familia pensó que capaz que al perro "Yaguar" le entró un escorpión adentro y que cuando me veía a mí se transformaba. Pero "Yaguar" no era peor que lo que vi en el sótano. Lo del sótano era algo todo blanco, con dos agujeros en los ojos y la cabeza requetedura. Nunca me pasó algo tan horrible. Lo del sótano no me gustó para nada. También a mi gato Martín lo transformó en un ratón que si te picaba te mataba. Mi mamá estaba muy enojada conmigo porque dejé entrar a "Yaguar" y yo le dije:

-"Bueno, mamá, yo no sabía que "Yaguar" estaba picado"

- "Y el gato también - dijo mi mamá - Vos fuiste el que experimentaste en tu pieza"

- "¡Mamá, hay algo en el sótano. Él lo está haciendo!"- dije yo.

Mi mamá se tranquilizó. Pero yo no quería bajar al sótano, ni siquiera dos escalones.

Después ya no supe más de él: mi enemigo del sótano... Pasó mucho tiempo y no me acordaba ni de un ojo. Un día cuando bajé a buscar limonada, lo vi, comiendo de nuevo a mi perro "Yaguar". Huí. Me fui a tomar la leche chocolatada. Está vez sí que estaba, pero ya estaba podrida.

Me fui a la pieza de mi hermana, porque estaba seguro de que ahí no me iba a poder alcanzar.

Después me dormí. Cuando desperté estaba en mi pieza. ¿Alguien me pudo haber llevado, o qué?

Era el día de carnaval. Capaz que la cosa que vi en el sótano se disfrazaba y yo la podría atrapar. La vi, pero un montón de personas empezaron a bailar y él huyó. Se puso una careta de varón humano para que nadie lo pudiera atrapar. Yo me puse una careta de otro chico para que él tampoco me reconociera.

- "Yo no lo voy a reconocer, pero él tampoco" - dije, y me fui adonde se fue él.

Él se subió a una pared. Lo reconocí porque ningún humano tendría una cola tan larga. Subí por el edificio y empecé a perseguirlo. Él corrió más rápido y saltó al otro tejado y al otro. Pero perdió el equilibrio y yo agarré una red y lo atrapé. Se lo mostré a mi mamá y lo dejamos en un cuarto cerrado con llave, sin ventanas. La llave me la dieron a mí. Si algún día quiero ver el esqueleto voy y lo abro.

Mi perro "Yaguar" y mi gato "Martín" volvieron a ser los mismos. Y yo viví tranquilo.

JULIÁN VALDEZ GANAPOL

6 AÑOS (RECONOCIMIENTO ESPECIAL: PARTICIPANTE MÁS PEQUEÑO)

ARGENTINO

E-MAIL: marcelaganapol@sinectis.com.ar

 

EL TRABAJO PRÁCTICO

Caminando por la acera, de regreso a su casa, Harold, de once años de edad, iba pensando en todo lo que le había ocurrido en la escuela. Pero de pronto se cruzó con Yasniel, uno de sus mejores amigos.

–Qué bolá, socio –dice Yasniel.

–Qué bolá –responde Harold, serio, sin hacerle mucho caso.

–¿Qué té pasa? –le pregunta Yasniel

–Na', pensando en lo mismo de siempre.

–¿Qué dieron hoy en la school –pregunta Yasniel.

–Na', lo mismo de siempre. Lo que la maestra te echó tremenda descarga.

–Ya sabía yo, pero a mí no me importa, deja que hable lo que le dé la gana. Carlitos faltó más de una semana y no le dijo nada.

–Tú sabes que eso es interés, Yasniel –dice Harold rápidamente.

–Bueno, vamos a cambiar la conversación. Aaah, se me olvidaba: tenemos que ir hoy a casa de Yusimí a hacer El Trabajo Práctico de Historia.

–¿Sí? Me acabo de enterar ahora.

–Yo vengo de su casa y me dijo que te lo dijera. Por eso fue que no fui a la escuela –dice Yasniel, y se ríe.

–Está bien, entonces nos vemos por la noche en casa de Yusimí. ¿A qué hora? –pregunta Harold.

–A las siete y media.

–O key, nos vemos allá

–Asere, no faltes –dijo Yasniel mientras cruzaba la calle.

Cada uno siguió su camino. Cuando Harold llegó a su casa, se metió en el baño para prepararse e ir a casa de su amiga. Al salir escuchó que la puerta de la sala se abría. Había llegado del trabajo su mamá, Silvia. Al sentir el ruido, preguntó:

–¿Mami, eres tú?

–Sí mijito.

–Mami, hazme un favor– dijo Harold.

–Ya empezaste. No he entrado todavía y ya estas jodiendo.

–Deja la pesadez, me hace falta que me prepares la comida rápido porque tengo que ir a hacer un trabajo.

–Cálmate.

Harold se vistió y cuando terminó, su comida ya estaba lista. Comió y se fue. Por el camino se encontró a Javier, otro de los que iba a trabajar con él y se fueron juntos. En cinco minutos llegaron a la casa, tocaron y abrió la mamá de Yusimí.

–Buenas –le dijeron los dos muchachos interpretando a niños decentes.

–Buenas –respondió la anfitriona–. Entren y siéntanse.

–Gracias –dijo Javier.

Los dos entraron, tranquilamente.

–Por fin llegaron –dijo Yasniel, que estaba allí desde muy temprano.

–¿Llegamos tarde, mijo? –le preguntó Javier.

–No, pero por poco no llegan –le respondió Yusimí.

–Bueno, ya, vamos a lo que vamos –interrumpió Harold–. A ver, ¿qué hay que hacer?

–¿Trajiste los plumones, Harold? –pregunta la mamá de Yusimí, preparando la mesa para empezar a trabajar.

–Sí, toma –le pasa la caja por encima de la cabeza de Yasniel, que estaba sentado en el sillón.

Todos fueron hacia la mesa que había terminado de arreglar Marisol, que es como se llama la madre de Yusimí (por si no lo había dicho). Al sentarnos, se repartieron el trabajo. A Harold le tocó hacerle los márgenes a las hojas, a Javier le tocó la introducción, a Yasniel las conclusiones y a Yusimí, que era la que mejor escribía (decían ellos), le tocó pasar el trabajo completo en folios limpios. Al ver que ya se estaba terminando el trabajo, Marisol se brindó a hacer la presentación, que era lo más difícil, según decía Harold, a quien le tocaba hacerla. La madre dispuesta a ayudar comenzó a ponerle distintos tipos de colores a la hoja, flores, mariposas, en fin, gustos femeninos. Después de uno o dos minutos terminó. Harold y Yasniel le agradecieron lo que había hecho:

–Muchas gracias, Marisol, la verdad es que se esmeró haciendo la presentación –dijo Harold.

–Gracias, mijito.

–Ojalá yo pudiera hacer una presentación así –vuelve a decir.

–Harold, si quiere ven mañana para que mi mamá te enseñe –dice Yusimí presillando el trabajo.

Sentados en la sala todos dieron sus opiniones, hasta que empezaron a despedirse:

–Bueno Yusimí, nos vemos mañana– dijo Javier que fue el primero en irse.

A la media hora de haberse ido Javier, partieron Harold y Yasniel, quienes mantuvieron una conversación por el camino:

–Harold, nos quedó tocao el trabajo, ¿eh? –dijo Yasniel.

–Sí pero... entre nosotros... lo que no me gustó fue la presentación que hizo la mamá de Yusimí, con tantos colorines ni todo eso.

–Tú sabes que a todas las mujeres les gustan esa fulardá.

–Por eso no le dije nada –dijo Harold, y se partieron de la risa.

 

Axel Díaz Hernández

13 años

Cubano

CORREO ELECTRÓNICO: pimienta@cubarte.cult.cu

 

MIRANDO A TRAVÉS DE UNA VIDA

Esta es la historia de "el viejo Patricio", una vida consagrada en cuerpo y alma al arte, un arte que no era para los demás.

Patricio tenía estudios básicos en la música. Después de un par de meses se hipnotizó tanto en el mundo de las polifonías que le resulto imposible apartarse de ello, así que entrego la vida por la sueño de hacer música.

Acostumbraba a pasear por las calles de la ciudad todos los

días y siempre llevaba consigo su instrumento, después de tomar un par de copas, solía interpretar un breve repertorio, remendando obras clásicas para los fortuitos espectadores que se daban cita en la plazoleta.

Al principio encontraba consuelo a su soledad en el aplauso de la gente y en el licor.

Después de unos meses su presencia en la plazoleta era obligatoria y su imagen se volvió la insignia típica de la plaza, como pasa en muchos de los pueblos mexicanos.

Su rara actitud era el fruto de un complicado síndrome, un síndrome que todos los artistas llegamos a padecer, ese síndrome aparece cuando somos incomprendidos y asediados por la gente a componer para ellos y no para nosotros mismos.

Así pasaron los años y los que éramos solo unos chiquillos cuándo Patricio comenzaba a darse cita en la plaza del pueblo para en un interpretar a los grandes maestros de la música, ahora éramos ya padres de familia.

Cada domingo por la tarde, al salir de la iglesia un aire fresco recorría el lugar y el vacilar de los niños vivarachos era muy evidente, pero había algo que era el aderezo típico en nuestra plazoleta, y era la imagen de "El viejo patricio" , que cuándo comenzó a deleitarnos en la plaza, no era el viejo Patricio, pues solo tenia 35 años, y nosotros éramos solo unos niños que motivados por la diablura y la chiquillada siempre nos acercábamos a el lugar donde era "su salón de concierto" y siempre obteníamos a cambio una sonrisa o que nos interpretará una versión muy ancestral de: "A la víbora de la mar" .

Ahora eran nuestros hijo quienes preguntaban por Patricio, y nos correspondía contar la historia.

Un día de aquellos de nostalgia decidí acudir al lugar donde había pasado una gran parte de mis experiencias infantiles, así que fui a la plaza, al llegar lo mire como cada tarde con su viejo instrumento, en la misma banca y con un sombrero de copa ancha esperando la bondad de su público.

Al verlo me dio un sentimiento impío, pues algún día en mi juventud soñé con ser un músico famoso y precise algunos de mis mejores años en una escuela de música, así que podíamos llamarnos colegas, lastima que mi nueva profesión me ha hecho olvidar el sutil, delicado y excitante sonido de un buen piano, después de todo de músicos, escritores y locos todos tenemos un poco.

Me aproximé cautelosamente, para no despertarlo del estado de semi-éxtasis que le había provocado el entusiasta sonido de un Allegro de Bach, me postre frente a el y lo observaba con cautela, mientras el interpretaba con pasión y devoción, mientras su debilucho violín cumplía con la hazaña de dar los tonos exactos en una obra tan compleja.

Cuando termino su recital, la gente que pasaba por el lugar le daba un par de monedas.

De momento quede apresado por un sentimiento que era más grande que yo.

Minutos después la gente había abandonado casi por completo el lugar. Así que quedamos solos el viejo Patricio y yo, la noche caía lentamente, la luna se asomaba turbadamente, una sinfonía extraña resonaba dentro de mi… de pronto me comenzó a contar mil anécdotas, yo fingía creerlas, y me gustaba ver como sus ojos se iluminaban y se llenaban de alegría cada que recordaba, después de unas horas había dejado de fingir, ya solo quería verlo feliz, ya era parte de su locura, empezábamos ha hablar en un mismo idioma, entre notas fugaces, melodías desencadenadas, armonías puras y partituras clásicas nos perdimos. Sin darme cuenta era ya de madrugada, y me tuve que despedir, así que me dijo una cosa antes de que me retirara: siempre pon el alma en los que haces agrego, seriamente, eso te hará sentir no solo mejor trabajador, sino mejor persona, recuérdalo y ya para cerrar la charla de ese día me dijo: he afinado mis instrumentos durante una vida, es hora de tocar la nota final de mí ultima melodía, si mas me retire pues en ocasiones el viejo solía desvariar.

A la mañana siguiente hacia un frió que calaba los huesos, el paisaje se veía desolado, las nubes impedían la salida del sol.

Al llegar a la oficina me entere de que el viejo Patricio se encontraba muerto, había sido encontrado reposando en su banca de la plaza, nunca mas veríamos como el sol sólo brillaba en el fondo de sus pupilas, al atardecer, mucha gente se dio cita en la plaza para verlo, y sobre su pecho reposaba un ruiseñor con una rosa en el pico. Al anochecer no se volvió a saber nada de el.

Por ahora la historia de Don Patricio se ha convertido en una tradición oral, y el mensaje que nos lego esta inscrito en una placa echa en su honor en la plaza.

"Siempre pon el alma en todo lo que haces".

Luis Francisco Vaca Vázquez.

16 años

Mexicano

Correo electrónico: mark182_90@hotmail.com

 

Lápices que no necesitan de las manos para escribir

"Son los lápices que caminan por la vida, que piensan, viven;

saben lo que es correcto y lo que es incorrecto;

saben lo que perjudican a los demás lápices.

Conocen la verdad, el respeto, la dignidad, la paz;

saben cómo manejar las cosas.

El lápiz escribe lo necesario, tacha lo que escribió mal;

a veces se equivoca y sabe como corregirlo,

no necesita de nadie para que lo guíe;

maneja el país, la vida, a los demás lápices.

Todos dependen de él, si él se cae, los demás también.

Es el lápiz superior a todos, el que tiene color, altura;

hasta que ya no tiene palabras para escribir, no tiene color,

se cae, se rompe y quiebra ..."

CLAUDIA NOELIA NORIEGA

15 años

ARGENTINA

Correo Electrónico : productos@cedeconet.com.ar

 

La más atrevida.

Entonces toda forma de belleza fallece por el embrujo de un Dios caducado y miope y cuando cree que gana la batalla contra los hermosos ciervos se da cuenta que sus anteojos le mienten, su vista es falsa y su perspectiva un postre de tendencias vacías, las arrugas de la piel de oro empiezan a desaparecer. Las joyas de una rica línea blanca empiezan a lucirse en las praderas de las más mediocres almas.

Entonces un Dios que no puede ver, más que su llanto, resulta un Dios torpe, pierde su condición de perfecto y se transforma en hombre. Ese hombre es tu padre, que te acompaña y es el fogoso delator de tus inquietudes, cuando la sangre goza con el delito de tu conciencia ahí esta tu papito para tu futuro aborto, tu aborto comienza con no pensar, tu hijo probablemente sea una careta suicida, la verdad se esconde en una máscara negra y sin ojos que joder.

Entonces toda capacidad que tenias para generar alguna cascada obtusa se pierde por el sabor del rico esperma cerebral de tu papá, ese papá que recuerda la oscura melancolía de un renegado en una carrera arreglada siempre para perder, el podio se convierte en un manantial de la bebida más puta que podes tomar, y vos la prostituta fina que acaricia como gata la lana, se coloca en posición proyectil y espera los dardos para que la llenen de agujeros, sos la loca

empedernida que nunca se olvida, sabemos que recuperaste tu forma, sabemos que nunca moriste, lo sabemos porque somos tus ciervos y tu papito es el retardo inesperado que nunca llegó.

Entonces belleza lame mis manos y continua bajando.

Carlos Ezquerra

18 años

Uruguayo

Correo electrónico: ezquerra@adinet.com.uy

 

Ain - La Caída

(Caída, profunda)...

Caigo eternamente no sé cuando va a terminar, cuando dejare de caer en este vacío eterno, caigo y caigo, parece como si un abismo profundo me tragara... una profundidad eterna, helada, oscura.

La oscuridad ciega mis ojos y la velocidad de la caída deja sordos mis sentidos, no veo, no escucho... ¿estaré perdido?.

Me dejo fluir en la caída, como lo he estado haciendo desde entonces, buscar el lado positivo, aprovecho de sentir el aire que golpea mis entrañas, mi rostro, mi cara... ciertamente es una caída espectacular, única en su esencia. No caes todas las mañanas, y menos con una puesta de sol hermosa, con ese... ese, ¿calor? ¿Qué es calor? El frío es lo único que conozco en este lugar, los recuerdos del exterior se exterminan con el paso del viento.

Me pregunto si habrán observadores, nunca faltan los copuchentos miradores, los espectadores, los que relatan la historia, los que cuentan la maldita historia.

Uff, si alguien me ayudara, ¡quizás ya me vean muerto!, quizás estén preparando el funeral ¿Pero sin el muerto? ¿Qué muerto?... Si todavía existo.

¡Estúpidos! No ven el resultado final, ¿Quién sabe si al caer llegaré a otro lugar? ¡Ingenuos! Tan solo ven desde allá, desde su lugar, su sociedad, su suciedad... o ¿me estaré volviendo loco? El mundo sigue girando y dando vueltas, quizás mi tiempo ya se esfumó, las horas de acá, son años allá. El mundo gira y ellos cambian, mientras que yo sigo igual, observando, y escuchando... con mis sentidos.

Ver el lado positivo, jejejeje, el lado positivo... al fin desaparecerán sus rostros, sus compromisos, sus pensamientos anclados con su futuro, sus vicios, su inútil optimismo, y también dejaré de ver a... ¡No! No es tiempo para pensar en ella, no ahora, y menos en... ella. No, no es tiempo... ¿tiempo? Pero si estoy muerto, me han matado. ¿Habrá alguna cuerda? ¿Todavía seguirán los anhelos de supervivencia?

Caigo y caigo, esto no termina, quizás no tenga fin, moriré de hambre, ¿será esa mi tortura?

Me pregunto si habrá alguien abajo, como en mis sueños, quizás a otros también los botaron, o se tiraron. Porque... ellos me tiraron, es algo seguro, ellos me sacrificaron, me suicidaron sin habérmelo preguntado, me hicieron nacer para verme putrefactar... o, ¿yo me tiré?

Inconscientes, que se queden en su gran babilón y se diviertan en el funeral, que sigan con la actuación, que tan solo se ha muerto un ratón.

Muerto en vida, hay que encontrar colores que me distingan, hasta ver la verdad que se aproxima.

Y todavía siento el caer, y los recuerdos todavía me llenan, ya está hecho, no hay vuelta atrás, y tampoco voltearé... si miro hacia arriba no veré luz, la salida ya ha quedado atrás, no hay vuelta atrás.

Si logran rescatar parte de mis pensamientos, sabrán lo detestable que es esto, cuando todo se va, solo quedan los recuerdos, y cuando deseas que ellos desaparezcan aparecen más, no puedo dejar de pensar, y estos me matan, me traen nostalgia y me hacen perder mi magia.

Y sin decir adiós desapareceré de su mundo, mi fe me guiará a Dios.

Aunque igual se sientan nauseas en el estómago, ¿será nostalgia? Pero, ¿qué se puede rescatar de un mundo donde me matan?, ¡qué descabellado el señor para eliminarme sin pudor! Pero, ¡no! No son nauseas, tampoco nostalgia, es el dolor de la presión, de la caída... el final ya se avecina, miro lentamente hacia abajo, esperando que esto se termine, aunque se vea oscuridad, confió en encontrar ese paraíso perdido, oculto entre los arco iris de la noche, lleno de misticismo y encanto.

Se avecina, lo veo, es hermoso, canto, lloro, imploro y caigo.

Arcano XVI: La Torre

"Lo que se encuentra escondido sale al exterior, lo que sombra es, sale hacia el sol. El sol que alumbra esconde sus rayos en la noche misma. Danzar alrededor del templo caído, Ruptura de limites, caer sin paracaídas. Derrumbe hacia la liberación. Eyaculación. Iluminación".

Mateo Rau

17 años

Chile

Correo electrónico: guevaracito@yahoo.com

 

Mi Ultimo Día

(No te atrevas a asustar al miedo)

Quizás nadie crea mis palabras, el delirio y el currículum de mi persona, es bastante amplio para tratarme de loco, o de delirante... pero lo que tengo no es locura, es algo más grande e imaginable, son sentimientos de amargura y terror, un terror desgarrador que no puede ser narrado con precisión.

Podría pensar que lo que vi aquella noche, esa noche que deseo que nunca hubiera existido, fuera algo normal o cotidiano, quizás esa masa blanca que corrió por mi ventana era tan solo un gato... claro, un gato blanco y con ojos rojos por la luz, un gato que llegó a un tercer piso, quizás buscando comida... claro, podría tener una explicación lógica, si no fuera por lo que en verdad sé.

Ese día irrepetible y marcador en mi vasta vida, me encontraba más oscuro que en los otros días, las lecturas de Lovecraft me despertaban de esta sociedad, me transportaba a mundos reales, mundos de sombras y de luz, y me llevaba a una búsqueda del innombrable, del detestable, el que solo algunos osados nombran... y algunos dementes también: estaba en busca del... Necronomicon, había logrado encontrar unos fragmentos en los cuales me enviciaba en descifrar, su lectura complicada me entusiasmaba, me pasaba horas intentando unir los garabatos, resonaban en mi cabeza sonidos de campanas, una iglesia, pasos, cadenas... frío, mi mente se estaba haciendo añicos y Cthullu resonaba en mi mente, escuchaba las voces de los cantos de Lilith, si es que le podríamos llamar cantos a esos quejidos, sonidos de tortura... Hermosos.

Cuando los sonidos de la iglesia me hicieron despertar, volver a esta funesta realidad, casi me hicieron explotar, y fue en ese momento cuando lo sentí, me estaba observando, me conocía, sabía lo que tenía entre las manos, esos siete fragmentos del Libro de los Muertos me traerían la muerte, no le había comentado a nadie sobre mi investigación y ahora escribiendo estas palabras espero que me crean, ¡tienen que creerme!, que lo que lean sean mis memorias llenas de pena y angustia.

Esa cosa horrible me tenía helado, sentí sus uñas enterrándose en mis ojos, perforando cada minúscula sed de mi ser, me tenía, era suyo... y no podía escapar.

Mi miedo era impresionante, el sudor me corría por el rostro, un sudor que se congelaba, mis brazos inmóviles, mi pensamiento explotando, no podía moverme, pero quería escapar, gritar, llamar a alguien, huir. Pero él me detenía, esa cosa horripilante, me tenía... De un golpe, un acto heroico pero tonto, abrí la cortina de mi ventana y logré ver como esta cosa rara y magna saltaba de ventana en ventana, me había escuchado hasta los pensamientos, sabía la monotonía de mis gotas de miedo, conocía mi mente y yo había cometido el pecado de haberla observado, nadie ve a la muerte resonaba en mis entrañas, pero ya era demasiado tarde... él me tenía.

Mateo Rau

17 años

Chile

Correo electrónico: guevaracito@yahoo.com

 

EL DESPERTADOR

Suena el despertador a la derecha de la cama, en la mesita de noche. En el primer momento Elvis no lo escucha, disfruta de su sueño moviéndose de un lado para otro, entre las sábanas que había estrujado mientras dormía. Si se observa bien a este muchacho de doce años se puede notar a simple vista un disfrute, el no despertarse temprano para ir a la escuela, ni empezar a hacer mandados, ni nada de trabajo, descanso para conocer de verdad un domingo y qué mejor que "una surnita", como decía el perezoso que estaba envuelto en las sábanas. Ahora sí escucha el sonido escandaloso e intermitente del despertador, todo por virarse de una manera en la que pega el oído cerca de éste. Se despierta como si ese sonido le hubiera puesto stop a su sueño. Con los ojos entreabiertos preguntó con voz ronca y molesta:

– ¿Quién puso el despertador?

Tratando de tocar su botón para apagarlo lo tumbó al suelo sin darse cuenta. Elvira, su madre, sintió el ruido, pero no imaginó que se rompía aquel reloj. Le molestó sentir ese ruido y sin detener la novela en el video que estaba viendo se levantó del sofá y caminó despacio, por su embarazo de nueve meses, hacia el cuarto de Elvis. Mientras, Elvis intentaba entrar nuevamente al sueño que el despertador le había interrumpido, pero al percatarse de que era imposible, tuvo que ahorrarse el esfuerzo y en ese mismo instante escuchó los leves pasos de la madre. Elvis se sentó en la cama mirando hacia el suelo y al ver el único objeto de la mesita de noche roto, se asustó y recordó el momento del desastre que había cometido. No sabía que hacer, pero su mamá se acercaba y como no tenía argumentos para explicarle lo que había sucedido, simuló que continuaba durmiendo. La madre llegó preocupada; su hijo estaba acostado boca abajo y tenía la cara tapada con la mano derecha. Al caminar sin mirar al suelo Elvira chocó con el reloj y tranquila bajó la vista. Elvis no abrió los ojos (ni los abriría por nada del mundo), la madre levantó la mirada clavándole los ojos en la cara a su hijo y rápidamente se dio cuenta de que su hijo fingía dormir, como Elvis también se percató de que su madre sospechaba la verdad abrió los ojos y decidió confesarse:

– Mami... – no tuvo valor de seguir hablando y cuando trató de continuar su madre lo detuvo.

– ¡No, si yo sé lo que hiciste! – lo miró con cara de pocos amigos y señalándose la barriga, exclamó – ¿Tú crees que yo estoy en condiciones para esto, Elvis?

Mientras hablaba regañando a Elvis, la cara se le ponía roja y tuvo que sentarse para no seguir sudando. Elvis bajó la cabeza sin poder resistir el regaño que no creía merecer. La voz de la madre retumbó en el cuarto. Cada vez que Elvis levantaba la cabeza era para justificarse, algo que no ablandaba a la madre que cada vez se irritaba más. Hubo un momento que Elvis trató de lidiar frente a ella:

– Mami, eso fue sin querer.

– Sin querer me vas a matar un día, coño – respondió la madre, desafiándolo.

– Pero ese reloj era más viejo que andar a pie – seguía justificándose.

– Sí, porque parece que tú eres dueño de una relojería – y haciendo círculos con las manos encima de su cabeza exclamó – ¡Donde tooodos los relojes tienen despertador!

Elvis frunció el entrecejo y abrió un poco la boca, dejando ver los dientes de arriba. La madre gritó más alto que antes, quejándose por el dolor de parto:

– Ay... ay... ay...

Elvis se asustó desde el primer grito por el embarazo:

– ¿Qué te pasa, mami? ¿Vas a parir? – dijo abriendo los ojos.

Ella no podía decir una palabra completa porque se lo impedía los dolores; entonces como si fuera una película de acción o algo parecido, Elvis fue corriendo descalzo por la acera de líneas disparejas, llena de piedras pequeñas que se le clavaban en los pies, hasta la esquina donde había un teléfono. Elvis que estaba apurado, se enfureció al ver una mujer murmurando chismes y la empujó de una manera grosera y machista. Aquella mujer, sin decir nada, se fue de allí como huyendo de algo terrible. El muchacho llamó a su padre que trabaja en una fábrica y el padre respondió:

– ¿Diga?

– ¡Papi! – gritó agitado.

– ¿Tienes asma o qué? – respondió el padre .

– No papi, no es eso, es que mi mamá se siente mal y se anda quejando cada cinco minutos; parece que va a parir.

– No te preocupes, ahora voy para allá.

Elvis rápidamente regresa a la casa para atender a su mamá. En diez minutos llegó el padre a su casa con un Lada blanco de la Empresa, que tenía la parte de adelante chapisteada y le faltaba el bombillo derecho trasero. Elvira, al verlo, le grita desde adentro:

– Ay Roberto, ay.

– Cálmate mami, cálmate – decía Elvis mientras se trasladaba hacia la puerta del Lada ayudando a su madre que no podía caminar de lo dolorida que estaba.

– No, tú te quedas aquí – dijo el padre, dirigiéndose a Elvis mientras cargaba a Elvira para introducirla en el carro.

Elvis no dijo nada y obedeció a su padre, solo puso cara de culpable, bien seria. Mientras sentía cómo arrancaba el Lada entró despacio. Apagó el video y el televisor, siguió caminando hacia su cuarto y se pinchó con un tornillo del despertador que se encontraba fuera de lugar, ignorándolo se tiró a la cama y empezó a llorar por lo que había hecho.

A las nueve de la noche estaban tocaron con fuerza la puerta su padre y su abuela. Elvis se había quedado dormido porque había tratado de evitar el llanto. Se levantó y fue corriendo hacia la sala para abrir la puerta. Al abrir de su boca empezaron a salir muchas preguntas, que casi volvieron locos a sus familiares. La abuela estaba vestida de enfermera, que era su ocupación. Esta le pidió que se calmara y le dio un papel un poco estrujado que le permitía entrar a hacerle una visita a su madre y a su hermano. Esto último puso muy contento a Elvis que casi lloraba de felicidad acabando de soltar la primera sonrisa del día. La abuela entró y le preguntó si había comido algo, y el niño respondió que no, tocándose la barriga. Rápidamente se dirigió a la cocina (la Abuela) y empezó a preparar unos huevos sancochados y ensalada de aguacate, remolacha y rábano.

Al otro día, Elvis se despertó. Fue directamente al baño y lo primero que observó en el espejo fueron sus ojos llenos de legañas y la cara marcada por la almohada. Pero estaba feliz. Se viste, se sienta en la cama, se abrocha los cordones y sale caminando para la calle. Al salir, cierra la puerta que daba directamente con el garaje estatal más sucio del barrio y se dirige al hospital. Al llegar, entra por el portón principal donde había una estatua de mujer con dos niños en brazos. Mira hacia los lados y sube por la escalera de la izquierda (que era la más cercana).

Siguió su camino y de pronto choca con un señor de unos cuarenta años que levantando la mano le pide perdón; el muchacho no le hace caso. Rápidamente, al cruzar una puerta donde decía en grande Acceso Limitado, una custodio lo para y le pide el "pase". Este se lo entrega y la mujer le pica la mitad. Elvis recuerda en ese momento lo que le hacían para entrar al Latinoamericano para ver un juego de pelota de Industriales, su equipo preferido. Sube de nuevo por una escalera; pero esta vez más silenciosa y deshabitada. Al llegar al tercer piso, que era lo que decía en el "pase". En su recorrido los pensamientos se vuelven un laberinto "¿Qué me pasará?", "¿Qué me dirán?", "¿Me golpearán?". Mira cuarto por cuarto hasta que ve acostada a su mamá y a sus demás familiares riéndose con una sonrisa angelical. De repente entra, y antes de saludar:

– ¿Dónde está?

– ¿Quién? ¡Ah, tú hermano Robertico! – responde la madre

– ¿Robertico?

– Sí, sí, como tú papá – dice la abuela

En ese momento entra una enfermera con su hermanito en los brazos y Elvis trata de verlo de cerca, lo toma en sus brazos, lo besa y se lo pasa a su madre sentándose en la cama. La madre enseguida sacó la teta y empezó a lactarlo. Mientras lo lactaba preguntó la hora y dijo:

– La novela de radio... Enciéndelo, Roberto.

Y se escucha el inicio de la radionovela, pero esta vez de un modo raro, con el sonido de un despertador, que hizo que todos los del cuarto se rieran.

Rolando Ávalos Díaz

14 años

Cubano

CORREO ELECTRÓNICO: pimienta@cubarte.cult.cu

 

Ella

Cuando ella entró a la habitación, todos giraron la cabeza.

Con razón, ella era tan hermosa, que era imposible no verla. Su cabello era castaño oscuro, igual que sus ojos. Su piel era tostada, y era alta, y delgada. En una palabra, era preciosa. Pero sus ojos no parecían concordar con su cuerpo: eran tristes, solitarios. Daban lástima. Cualquiera que la viera a simple vista, no lo notaba, pero de cerca, resaltaban más que su belleza.

Muchos preguntaban por qué. Por qué estaba tan triste con su vida. Si tenía muchos amigos, muchos pretendientes, y todos la adoraban. Pero ella no respondía. Prefería seguir así, sin siquiera tratar de sacar esa tristeza.

Luego de entrar, ella lo notó. Era un chico tímido, y no la miraba mucho. Era raro. Pero le gustaba. Se le acercó lentamente, mirándolo, pero él desviaba la mirada. Cuando estuvo al lado de él, se presentó:

- ¡Hola! Soy Laura, ¿vos?

- Ehhh... Yo soy Luis.

- ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

- Ehhh... Sí, ¿vos?

- También. ¿Querés tomar algo?

Él aceptó, y se acercaron a la barra, donde tomaron algo. Empezaron a charlar, estuvieron juntos toda la noche. Cuando se despidieron, intercambiaron teléfonos, y se marcharon.

Cuando ella llegó a su casa, su familia notó que había algo nuevo en su mirada... No era triste, como siempre. Era feliz. Le preguntaron qué le había pasado, por qué estaba tan diferente a cuando se había ido. Ella respondió que nada, pero adentro suyo, sabía que este chico cambiaría su vida. Ya la había cambiado. Ya no se sentía triste, deprimida. Se sentía contenta. De haberlo conocido, de que él sea tan dulce. Sus tristezas habían desaparecido. Y creía que nunca volvería a sentirlas si él estaba a su lado.

Pasaron unos días, y la tristeza ha